Europa busca un lugar donde vivir

Porque una sociedad no se mide solo por la riqueza que produce, sino también por la dignidad que es capaz de garantizar

Hay un momento en que las cifras dejan de explicar la realidad y son las calles las que empiezan a contarla. Sucede cuando el salario no alcanza para pagar el alquiler, cuando estudiar ya no garantiza un futuro y cuando trabajar deja de ser una promesa de autonomía. Entonces, el malestar abandona las estadísticas y ocupa las plazas. Europa vuelve a escuchar ese ruido.

Francia e Italia han vivido en octubre nuevas jornadas de movilización. Tras las pancartas conviven reivindicaciones distintas, desde la defensa de los servicios públicos y la educación hasta el rechazo al encarecimiento de la vida y las dificultades para acceder a una vivienda. No existe una única protesta europea ni todas las convocatorias comparten organización. Pero hay una pregunta que atraviesa las fronteras y se refiere a cómo entender el progreso si cada vez es más difícil construir una vida estable.

En Francia, las movilizaciones han vuelto a poner sobre la mesa el coste de la vida, los salarios y el deterioro de los servicios públicos, en un contexto de creciente tensión política. En Italia, las protestas estudiantiles han conectado las carencias educativas con la crisis de la vivienda y las prioridades del gasto público. Las acampadas italianas han mirado expresamente hacia España, en donde estas tiendas se han convertido en una forma de prolongar la protesta y recordar que el derecho a una casa no puede depender exclusivamente de la capacidad de pago.

La consecuencia política de este descontento es difícil de ignorar. Cuando las instituciones tardan en responder a las necesidades cotidianas, la confianza se desgasta. Pero la frustración no conduce siempre a soluciones más justas. También puede alimentar la desafección, la polarización y los discursos que buscan culpables sencillos para problemas complejos. Por eso importa distinguir entre la protesta legítima, los episodios de violencia y quienes intentan instrumentalizar el malestar.

En España, las movilizaciones por la vivienda han adquirido una dimensión social que desborda el mercado inmobiliario. El alquiler se cruza con los salarios, la precariedad laboral y la imposibilidad de emanciparse. Las acampadas han puesto rostro a una contradicción como es la de trabajar y cumplir con las obligaciones sociales y no garantizar la disponibilidad de un hogar. La huelga general convocada para el 11 de noviembre pretende trasladar esa preocupación al ámbito laboral y convertirla en una exigencia colectiva.

En «Sputnik, mi amor», Haruki Murakami escribe: «Comprendí que, si sólo piensas por tu cuenta las cosas durante mucho tiempo, acabas por no considerar más que tu punto de vista». La frase habla de la soledad, pero también ilumina este tiempo de repliegues, desconfianzas y fronteras. Frente a la tentación de creer que cada cual debe resolver sus dificultades por separado, las movilizaciones recuerdan que hay problemas que solo pueden comprenderse cuando se escuchan las experiencias de los demás.

El alquiler que ahoga a una familia, la emancipación que se aplaza o el salario que no alcanza dejan de ser fracasos individuales cuando miles de personas descubren que comparten la misma incertidumbre. Quizá por eso las plazas vuelven a llenarse para romper el aislamiento y transformar la suma de las soledades en una voz colectiva. La democracia también consiste en ese encuentro, en aceptar que la realidad es más amplia que nuestra propia órbita.

Las tiendas de campaña son frágiles. Apenas protegen de la lluvia y del frío. Sin embargo, su presencia encierra una paradoja poderosa: hay personas que deben dormir en la calle para exigir el derecho a no vivir en la calle.

Francia, Italia y España no atraviesan la misma crisis, pero sus protestas revelan una preocupación común. Europa no puede medir su prosperidad únicamente por el crecimiento, la inversión o los índices bursátiles. También debe preguntarse cuántas personas consiguen emanciparse, cuánto de su salario queda después de pagar la vivienda y qué futuro pueden imaginar quienes hoy empiezan a trabajar.

Porque una sociedad no se mide solo por la riqueza que produce, sino también por la dignidad que es capaz de garantizar. Y ninguna promesa de progreso estará completa mientras tener un lugar donde vivir siga siendo, para demasiadas personas, una aspiración y no una certeza.

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