Si alguna vez pensaste que tirar la basura era gratis, te tenemos una noticia que huele un poco mal (y no precisamente a contenedor orgánico de la calle Padre Santonja): ha llegado la nueva tasa de residuos.
Sí, esa flamante contribución que muchos ayuntamientos están empezando a implantar con entusiasmo, mientras nos susurran: ”nos obliga Europa, no nosotros no queremos”.
El asunto viene de la Ley 7/2022, de residuos y suelos contaminados para una economía circular, que en su Artículo 11.3 dice, literalmente:
“Los entes locales establecerán, antes del 1 de enero de 2025, una tasa o, en su caso, una prestación patrimonial de carácter público no tributario, específica y diferenciada, que permita implantar un sistema de pago por generación de residuos y cubra, como mínimo, el coste de las operaciones de recogida, transporte y tratamiento de los residuos domésticos”.
Traducido al idioma vecinal: los ayuntamientos deben crear una tasa específica para la basura. Es decir, que lo que antes se pagaba de forma discreta y disimulada dentro de otros impuestos municipales (como el IBI), ahora viene con nombre, apellidos y recibo propio.
Hasta aquí todo bien… si no fuera porque ya lo estábamos pagando. Porque cuando uno abonaba el IBI, no solo contribuía a mantener los jardines, el alumbrado o el sueldo del alcalde, sino también el servicio de recogida de residuos.
Así que la jugada se resume más o menos así: antes pagabas una vez y te recogían la basura; ahora pagarás dos veces, pero con mayor transparencia, resiliencia (y menos gracia).
Claro que la ley dice que hay que poner una tasa diferenciada, no que haya que cobrar dos veces. Por eso, una solución lógica (y bastante higiénica) sería separar dentro del recibo del IBI dos conceptos:
- Una parte destinada específicamente a la recogida y tratamiento de residuos.
- Y otra para el resto de servicios municipales.
De este modo, se cumpliría con la exigencia legal sin que los vecinos tengan que abrir más el bolsillo ni sentir que están financiando una saga interminable del “impuesto duplicado”.
Pero algunos ayuntamientos han preferido el camino fácil: crear la nueva tasa de basura sin tocar ni un céntimo del resto de impuestos. Así, con un simple movimiento de pluma, convierten un mandato legal en una oportunidad de aumentar la recaudación.
Una especie de “reciclaje fiscal”, por llamarlo finamente.
En fin, nuestros alcaldes parecen tomarse muy en serio lo de fomentar la economía circular: el dinero da vueltas, pero siempre vuelve… al mismo sitio.
Nota aclaratoria (con aroma europeo)
Conviene matizar, eso sí, que no es Europa quien impone directamente la tasa de basura, sino que lo que hace la Unión Europea es recordar a los Estados miembros el principio de “quien contamina, paga”, recogido en la Directiva 2008/98/CE sobre residuos.
A partir de ahí, cada país decide cómo aplicar esa obligación, y en España se ha optado por hacerlo a través de la Ley 7/2022, que encarga a los ayuntamientos establecer una tasa diferenciada para cubrir los costes de la recogida y tratamiento.
O sea, que Bruselas no te impone la tasa, pero sí le dice a tu ayuntamiento: “Asegúrate de que el servicio se pague, y que lo pague quien tira la bolsa”.
¡Que no os engañen! Es lo que hay.
Y, aquí, un Antes y un Después de cómo deberían ser los recibos del IBI, a partir de ahora:

