El agua es derecho humano. Eso lo dicen organismos internacionales, constituciones y hasta carteles motivacionales con fotos de cascadas. Beber agua es tan básico como respirar o quejarse del tiempo. Pero luego llega la factura del agua a casa y nos recuerda una verdad incómoda: los derechos humanos pueden salir bastante caros.
Pagar por el servicio de agua potable tiene su lógica. Alguien tiene que mantener las tuberías, depurar el agua y garantizar que salga limpia por el grifo y no con peces incluidos. Hasta aquí, todo bien. El problema empieza cuando la factura del agua trae invitados sorpresa: tasas de basuras, tributos de alcantarillado, fondos municipales para vaya-usted-a-saber-qué. Uno abre el recibo buscando el precio del agua y acaba estudiando un jeroglífico financiero.
Lo que debería ser un derecho universal se convierte en una especie de Escape Room administrativo: ¿serás capaz de encontrar cuánto pagas realmente por el agua antes de que se cumpla la fecha de vencimiento?.
Juristas y especialistas en derechos humanos vienen diciendo algo sensato: si inflamos la factura con conceptos ajenos al agua hasta el punto de que algunas familias no pueden pagarla, estamos transformando un derecho básico en un lujo de clase media. Y por muy premium que nos parezca beber del grifo, no debería ser un privilegio tipo “socios Gold”.
La cosa se pone seria cuando no pagar esos “extras” puede acabar en cortes de suministro. Entonces llega la paradoja: te cortan el agua no por el agua, sino por la basura. Una metáfora perfecta de la burocracia moderna.
¿Hay solución? Claro. Hacer una factura del agua, que sólo sirva para facturar el agua. Otra posibilidad es impedir el corte del suministro, si el abonado paga la parte de la factura que corresponde al suministro del agua, para quienes no pueden afrontar el recibo completo. En resumen: hacer que el acceso al agua no dependa de la habilidad para descifrar facturas ni de la elasticidad del bolsillo.
El agua es vida. Pero si sigue viniendo acompañada de tantos impuestos, un día la única forma de hidratarse será leyendo la letra pequeña del recibo, que ya de por sí da para sudar la gota gorda.