Ropas usadas

La utilización de los ámbitos políticos para azuzar al contrincante con los peores exabruptos contra la individualidad de sus colegas parece una mofa para el ciudadano que espera todos los días el autobús para llegar a su trabajo.

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Sara Martínez

Dejamos atrás una semana excesiva en adjetivos y pobre de sujetos activos que conlleven superar algo más que las horas mal contadas de nuestras realidades.

Y en esos benditos plurales que hacemos entre todos es difícil reordenar la existencia bulliciosa que siempre acecha a quienes prefieren escuchar y pensar. Tendremos que aceptar a regañadientes que ya nos quedan pocos espacios abiertos, no especulativos, para entender algo más allá del sesgo de quienes tienen altavoces para retorcer cualquier hecho que nos alerta de la actualidad.

Esta situación todavía es más triste cuando en los entramados de las guerras partidistas aparecen menores, aún con demasiada infancia en sus zapatos, como protagonistas de conflictos que rezuman los adultos que hablan siempre por ellos. Hace ya tiempo que hemos perdido la equidad para valorar acciones que llevábamos décadas viviendo con cierta normalidad. Una prueba más que probablemente nos lleve a ese descaminar la historia para reencontrarnos con los errores de siempre.

El respeto por lo que somos debería obligarnos a poner sensatez a la libertad entendida como el bien comunitario. De lo contrario, individualizar tanta libertad siempre dará más alas a tanta actitud chulesca que ha sabido más de injusticias que de buenos caminos humanitarios y solidarios.

Por otra parte, la utilización de los ámbitos políticos para azuzar al contrincante con los peores exabruptos contra la individualidad de sus colegas parece una mofa para el ciudadano que espera todos los días el autobús para llegar a su trabajo. Extraemos los casos puntuales para que otros organicen demasiados eslóganes orquestados que arrebatan la necesaria tranquilidad de superar nuestro tiempo con alguna que otra oportunidad para el futuro.

Quiero pensar que el que más y el que menos, humaniza, más allá del ruido constante, a quienes nos representan en la gobernanza o en la oposición de este país nuestro. Tal vez sea el mejor momento para saber diferir en los programas a partir de los estilismos que diferencian a unos u otros. Tal vez sea el momento de descamisar mensajes excéntricos para abotonar nuevamente el diálogo y los argumentos racionales dirigidos a soluciones equitativas.

Decía el escritor Fernando Pessoa, o cualquiera de sus 72 heterónimos, que «llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares«.

Algo de todo ese abandono empieza a ser excesivamente necesario para reinventar nuevas esperanzas que sepan a algo más que al griterío ridículo de demasiados apesebrados y regresar a la vitalidad de los pensamientos diversos que saben de una humanidad que siempre ha necesitado superarse para seguir viviendo.

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