La sensación de que las alertas sanitarias son cada vez más frecuentes no es solo una percepción social nacida tras la COVID-19. La comunidad científica internacional lleva años advirtiendo de que el mundo ha entrado en una etapa de “riesgo sanitario permanente”, marcada por la aceleración de enfermedades emergentes, el impacto del cambio climático, la presión sobre los ecosistemas y la hiperconectividad global. Y todo esto lo hemos podido vivir esta semana con la crisis del hantavirus.
Nuevos virus, bacterias resistentes a los antibióticos, alertas alimentarias, brotes de enfermedades transmitidas por mosquitos, riesgos asociados al cambio climático o advertencias sobre futuras pandemias forman ya parte de la conversación pública casi cotidiana. Y quizá lo más inquietante no sea únicamente que estas amenazas aumenten, sino que empecemos a acostumbrarnos a ellas.
Existe una fatiga social evidente. Tras la pandemia del COVID con el miedo confinado en nuestras casas, llegó el cansancio y, en la actualidad, una cierta indiferencia peligrosa. Tanto es así que en nuestro país estamos viviendo la inquebrantable oposición política ante una situación que debería comprometer más que polarizar.
La sociedad parece debatirse entre la necesidad de protegerse y el deseo desesperado de recuperar una normalidad que probablemente ya no existe. Como advirtió el director ejecutivo del Programa de Emergencias Sanitarias de la OMS, Michael Ryan, “no volveremos a la vieja normalidad, porque los riesgos del futuro ya están aquí”.
En verdad, la frase no habla solo de virus. Habla también de un modelo de mundo. Los científicos llevan años alertando de que la destrucción de ecosistemas, la presión sobre la biodiversidad, la contaminación y el calentamiento global están alterando el equilibrio natural que durante décadas contuvo muchas enfermedades. El problema ya no pertenece únicamente a los laboratorios o a los hospitales. Tiene que ver con la forma en la que producimos, consumimos y habitamos el planeta.
Y, sin embargo, seguimos abordando muchas de estas crisis desde la improvisación y el corto plazo. La pandemia demostró la importancia de la sanidad pública, de la investigación científica y de los sistemas de cuidados, pero también dejó al descubierto desigualdades profundas. No todas las personas atravesaron la emergencia desde el mismo lugar. Hubo quien pudo teletrabajar y protegerse y hubo quien siguió exponiéndose cada día en hospitales, supermercados, fábricas o residencias. Hubo familias confinadas en viviendas amplias y otras encerradas en espacios mínimos. Hubo territorios con recursos sanitarios suficientes y otros donde la atención pública llegó exhausta.
Quizá uno de los mayores errores de estos años haya sido pensar que la pandemia fue una excepción histórica. En realidad, muchos expertos la consideran una advertencia. El historiador Yuval Noah Harari recordó durante aquellos meses que “la verdadera protección frente a las epidemias no es el aislamiento nacional, sino la cooperación global”. Pero el mundo parece avanzar con frecuencia en sentido contrario, atrapado entre rivalidades políticas, recortes y discursos individualistas que debilitan la idea misma de comunidad.
Resulta paradójico que vivamos en la era de mayor desarrollo científico y, al mismo tiempo, en una de las etapas de mayor incertidumbre colectiva. Nunca la humanidad tuvo tanta capacidad para detectar enfermedades, secuenciar virus o desarrollar vacunas en tiempo récord. Pero tampoco había existido una sensación tan permanente de fragilidad global. Tal vez porque las amenazas ya no son solo sanitarias. Son climáticas, económicas, sociales y también informativas, en un tiempo donde los bulos y la desconfianza erosionan la capacidad de responder juntos.
Aun así, entre toda esa incertidumbre, la pandemia también dejó algo valioso: la conciencia de que nadie se salva completamente solo. Durante aquellos meses hubo sanitarios agotados que siguieron entrando a las UCI, vecinos que cuidaron de personas mayores, redes de solidaridad improvisadas y científicos compartiendo datos a una velocidad inédita. Y quizá ahí siga estando la única salida posible. No en el miedo permanente ni en la resignación, sino en la capacidad de reconstruir vínculos colectivos frente a un mundo cada vez más vulnerable.
Porque la gran pregunta ya no es si llegará otra alerta sanitaria. Todo indica que llegará. La verdadera cuestión es qué tipo de sociedad habremos decidido ser cuando vuelva a ocurrir.