Demasiado rotos

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Sara Martínez

La extensión de los días en verano siempre nos deja algo más de tiempo para esos quehaceres que amamos y que tanto bien nos hacen. En mi caso, robar oportunidades para leer fragmentos pendientes me da la oportunidad de reflexionar, con la calma del reposo, esos flashback que hacen, a veces, recalar en demasiadas distopías de nuestra actualidad.

Entre esos fragmentos me encuentro una frase de Albert Espinosa en sus mundos amarillos con la enseñanza de que “Lo difícil no es aceptar cómo es uno, sino cómo es el resto de la gente. Y ciertamente, el engreimiento personal y social reafirma esta nueva caricatura del espectro sociopolítico en el que están convirtiendo nuestra convivencia nacional.

Deberíamos saber que hay una parte de circo mediático, una descripción que aborrezco por respeto al maravilloso mundo circense, que reafirma aplausos y abucheos según el palco que ocupemos. Pero llegado el punto de intentar hacerme con una explicación personal, las piruetas que vemos en estos días con tanta palabrería sobre lo que nos rodea, me acerca a los sentimientos enfrentados con los que intento apechugar al final de cada día.

En algún momento, alguien ha pensado que sería una oportunidad interesante quitar los bozales de los más radicales de nuestro haber político. Reconozcamos que nuevamente, y cada día con mayor intensidad, se reafirman posiciones desde el insulto superlativo para dejar en la coletilla demasiadas mentiras y oscuras manipulaciones. Digo oscuras porque cualquier intento de retorcer hechos o discursos asienta la ignorancia en las imprescindibles certezas que saben de verdad.

Desde bien empezado el día, los que saben de la opinión pública y los representantes de quienes trabajan por esta democracia, facilitan en demasía el titular diario con la repetición de argumentarios excesivamente acostados a la orilla que más conviene, a costa de la agenda social que nos preocupa a todos. De esta forma, diariamente se nos hace más difícil aceptar lo que son los demás, con sus diferencias y contrariedades, con sus filias y antagonismos, con la verdad y la mentira.

Todo un despropósito que, al final, también emponzoñará ese aceptarse a uno mismo ante la falta de referencias equilibradas que añadan convicción ante los retos.

Además del sabido momento que vivimos a nivel mundial, nos falta ese recapacitar sobre nuestros propios pasos, esa necesaria convicción para trabajar en el bien común, y nos sobra esa antiutopía sobre el origen de todos nuestros males.

Demasiado barro para mantener el paso firme de lo que somos y de quienes nos acompañan. Demasiada obturación en el circuito democrático para reafirmar posiciones cuasi castrenses en este país nuestro que parece siempre absorto a lo más característico de su existencia, su propia diversidad. Con este descuento en el tiempo para los grandes logros, nos está quedando un país necesitado de tratarnos todos un poco mejor porque empezamos a estar demasiado rotos.

Y así poco podemos arreglar, a no ser que el último que se atreva, apague la luz para descubrir que cada día sale el sol.

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