La desdicha imaginaria

Ya no se trata solamente de defender ideologías históricas.

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Sara Martínez

Ya lo decía nuestro querido Gustavo Adolfo Bécquer entre rimas y leyendas: “El que tiene imaginación, con qué facilidad saca de la nada un mundo”. Y dándole vueltas a nuestra realidad social y política, podemos afirmar con cierta seguridad que andamos entre demasiadas imaginaciones para ir perdiendo pie a este mundo que tan corto se nos hace.

Toda una estrategia para seguir viviendo en terrenos paralelos donde encontrarnos con realidades de las que nos creemos merecedores por el simple hecho de sentirnos diferentes a esos otros que siempre quedarán como enemigos. Nuestros contrarios ya no son los protagonistas de nuestros exabruptos mañaneros que acompañan al café con leche.

Hemos dado sutilmente un paso más para regresar al bando ingrato de los que siempre tienen razón, a pesar de la losa desconsiderada de la realidad. Al final, por algún mandarín de los hechizos de la comunicación, se trata de reponer opiniones excluyentes para dejar en el cajón de sastre los hechos que revuelcan muchos de esos dictámenes que intentan desacreditar a golpe de odio los contrincantes de lo público.

Ya no se trata solamente de defender ideologías históricas. Se trata de liderar al paladín de turno para escucharle con ojitos emocionados las aventuras y desventuras de las hidalguías de este mundo que tanto nos escuece al caminar.

A pesar de tanto mandamiento del no y de repartir estopa hasta al apuntador (aquí no se salva ni el Papa), la única opción realista para la ciudadanía sigue siendo reparar en algún que otro puente para descansar o aspirar a un mejor salario y quedarse a buen recaudo fuera de este enjambre sísmico en el que se han convertido los mensajes diarios de nuestros representantes políticos.

Poco nos pasa ante tanto desprecio altanero por la democracia, por las decisiones colectivas y por el riesgo ante diferentes formas de entender un país. Mientras se especula con todos estos refraneros en los medios de comunicación, nuestra verdadera realidad rezuma de carencias reales en servicios públicos y masas salariales que nos hacen más vulnerables ante situaciones reales como superar un desorbitado precio de la luz o los desequilibrios para alcanzar a pagar un alquiler que te deje comer cada día.

Un mundo alejado de paraísos fiscales que siguen desangrando las finanzas de los estados con el único propósito de avalar a aquellos que no quieren pagar no lo que consideran demasiados impuestos, sino ni un sólo euro para ese frágil equilibrio de una sociedad que necesita del esfuerzo de todos.

Demasiados males que siguen perdurando en el tiempo, y que a pesar de las investigaciones periodísticas, continúan defraudadas de soluciones. Y con esta diversidad de frentes grotescos, seguimos enfrascados en tensiones imaginarias con las que seguirán inquietando a un mundo que nos afea demasiadas desesperanzas. Un desdichado tiempo perdido que rezumará de un saldo demasiado negativo.

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