Hay fechas que no pasan. El 18 de julio de 1936 es una de ellas. Noventa años después, todavía permanece ahí, como una puerta que nadie ha conseguido cerrar del todo. No porque España siga siendo la de entonces. Ni porque el presente sea una repetición del pasado. La historia, por fortuna, no suele volver con el mismo rostro. Pero, a veces, cambia de ropa y conserva algunas preguntas.
En 1936, un grupo de militares conspiró contra la República. El golpe fracasó en su intento inicial de hacerse rápidamente con el poder y aquel fracaso abrió las puertas de una guerra. Después llegarían la dictadura, la represión y el silencio. Durante décadas, el régimen construyó un relato en el que la violencia aparecía como una necesidad, casi como un acto de salvación nacional. En definitiva, España estaba en peligro.
Hoy no hay cuarteles conspirando. No hay sables esperando una señal. No vivimos ante la inminencia de una guerra civil. Y conviene decirlo con claridad, porque la historia merece respeto y el miedo no puede convertirse en una herramienta de análisis.
Pero vivimos en una época en la que demasiados discursos políticos comienzan con una afirmación parecida: todo está en peligro. Algo parecido se encuentra en el contexto internacional. Desde la patria hasta la civilización, desde la identidad hasta la familia, desde el inmigrante hasta el vecino que piensa distinto.
Las propuestas extremistas contemporáneas han entendido que el miedo es un idioma sencillo. No necesita explicar el mundo. Le basta con señalar a alguien dentro de él. Y quizá ahí reside una de las grandes diferencias entre la política democrática y la política del odio. La primera intenta resolver la complejidad. La segunda la convierte en una consigna.
La historia de 1936 nos enseña, entre otras cosas, que las sociedades no se rompen de repente. Antes hay palabras. Hay discursos. Hay una acumulación de desprecios. Hay una forma de mirar al otro hasta dejar de reconocerlo como ciudadano.
La polarización actual no es una invención. Los estudios de Mariano Torcal y Emily Carty han constatado un crecimiento del extremismo ideológico en España durante las últimas décadas, aunque también advierten de que nuestro país no se encuentra entre las sociedades más polarizadas del mundo. Lo más preocupante, quizá, es la percepción de una distancia cada vez mayor entre los partidos y entre quienes los apoyan.
Y cuando uno cree que el otro está muy lejos, resulta más sencillo dejar de escucharlo.
Las redes sociales han hecho el resto. El odio viaja más deprisa que la explicación. La mentira llega antes que el matiz. La indignación se ha convertido en una industria. Hay mensajes que no buscan convencer a nadie. Solo necesitan enfurecer a los propios. Y la política democrática parece, en demasiadas ocasiones, haber aceptado ese terreno de juego.
Frente a este extremismo, unos responden con miedo. Otros con desprecio. Algunos creen que basta con repetir que sus ideas son peligrosas. Pero una democracia no se defiende únicamente diciendo que el adversario es malo.
Se defiende haciendo que la gente pueda vivir mejor. Con una vivienda que no sea un privilegio. Con servicios públicos que funcionen. Con salarios que permitan llegar a fin de mes. Con una sanidad que no obligue a esperar semanas por una cita. Con una política capaz de hablar de la inseguridad sin convertir al extranjero en culpable colectivo.
En cambio, el extremismo ideológico crece allí donde encuentra un vacío. Y si ese vacío no lo ocupa la política con derechos, lo ocupará el extremismo con el miedo, con enemigos.
Hace noventa años, España no supo encontrar una salida democrática a sus fracturas. Después, durante décadas, una dictadura nos enseñó que el silencio podía parecer paz. Pero el silencio nunca significa concordia. Sigue siendo silencio que enquista la convivencia.
En contraposición hemos aceptado con demasiada facilidad que todo sea una batalla. Que cada discusión tenga que convertirse en una guerra cultural. Que cada elección se presente como la última oportunidad. Que el adversario sea descrito como una amenaza existencial.
Una democracia no puede vivir permanentemente al borde del abismo.
Y quizá la mejor forma de recordar el 18 de julio de 1936 no sea repetir que aquello ocurrió hace noventa años. Quizá sea analizar qué estamos haciendo hoy con nuestras palabras. Porque antes del ruido de las armas hubo otros ruidos. A veces, la historia no vuelve para decirnos que todo será igual. Vuelve para preguntarnos si hemos aprendido a reconocer el momento en que empezamos a dejar de escucharnos. Y en ese intento siempre ganará la democracia como única salida que sabe acallar tanto ruido interesado.