La pausa necesaria en tiempos de ruido

Con esta reflexión también llega el momento de hacer una pausa

Hay una escena que se repite cada día en millones de teléfonos móviles. Un vídeo de apenas treinta segundos. Un titular incendiario. Una frase descontextualizada. Un mensaje que provoca indignación antes incluso de terminar de leerlo.

Compartimos casi por impulso, convencidos de que estamos difundiendo una verdad que otros pretenden ocultar.

Quizá ese sea uno de los grandes cambios de nuestro tiempo. La desinformación ya no necesita inventar grandes mentiras. Le basta con alimentar emociones.

Durante años hablamos de las noticias falsas como si el problema consistiera únicamente en distinguir lo verdadero de lo falso. Hoy el desafío es mucho más complejo. La desinformación también se construye seleccionando solo una parte de la realidad, exagerando un dato, ocultando el contexto o convirtiendo un caso excepcional en una supuesta norma. No siempre engaña porque mienta, sino porque lo simplifica.

Los estudios sobre comunicación política coinciden en señalar el crecimiento de la llamada polarización afectiva. No se trata solo de discrepar sobre impuestos, vivienda o sanidad. Se trata de algo más profundo. Significa dejar de ver al adversario como alguien con quien debatir para empezar a percibirlo como un enemigo al que combatir. Y cuando eso ocurre, la emoción sustituye al argumento. Justo el punto donde ya nos avisaban hace más de dos década sobre la sociedad de la posverdad.

Las campañas políticas ya no buscan únicamente convencer. Aspiran, sobre todo, a movilizar. El miedo, la indignación, el agravio o el orgullo identitario generan más impacto que una explicación razonada sobre cualquier política pública. Con la emoción bastan unos segundos frente a la reflexión que necesita más tiempo. Y vivimos en una época en la que el tiempo parece haberse convertido en el bien más escaso. Como señalaba el politólogo estadounidense Murray Edelman, «la política es, en gran medida, una construcción de significados». Y claro, eso también necesita tiempo.

Las redes sociales amplifican ese mecanismo. Sus algoritmos no premian la verdad, sino la interacción. Y pocas cosas generan más clics que el enfado. Y de eso también se aprovechan los vividores del odio en las redes por aquello de acumular más seguidores. Poco a poco, terminamos encerrados en espacios donde casi todas las voces piensan como nosotros y donde cualquier matiz acaba interpretándose como una traición. Sin apenas darnos cuenta, dejamos de discutir ideas para defender identidades.

En ese contexto, el periodismo tiene una responsabilidad inmensa. Informar no consiste únicamente en contar lo que sucede, sino en aportar contexto, distinguir hechos de opiniones y resistirse a la tentación de convertir cada noticia en un espectáculo diseñado para captar atención. La prisa nunca puede sustituir al rigor. Y de todo eso, también nos toca diferenciar acciones y actitudes.

Pero esa responsabilidad también es colectiva. Cada ciudadano participa en la conversación pública. Cada mensaje compartido sin comprobar, cada titular leído sin abrir la noticia, cada juicio precipitado alimenta un ecosistema donde el ruido termina imponiéndose a la comprensión.

La democracia necesita desacuerdos pero no necesita enemigos. Necesita ciudadanos capaces de cambiar de opinión cuando los hechos lo aconsejan, de escuchar antes de responder y de aceptar que ninguna sociedad se construye sobre la descalificación permanente.

La filósofa Hannah Arendt escribió que la libertad política solo puede existir allí donde compartimos un mismo mundo de hechos. Quizá esa sea hoy una de las mayores tareas democráticas como es la reconstrucción de ese espacio común desde el respeto, el pensamiento crítico y la voluntad de comprender antes que de vencer.

Con esta reflexión también llega el momento de hacer una pausa. Esta columna se despide hasta septiembre para tomar unas vacaciones que, ojalá, sirvan para algo más que descansar.

Tal vez el verano sea una magnífica oportunidad para recuperar hábitos que las prisas nos han ido robando. Leer un buen libro sin mirar el teléfono cada pocos minutos. Contrastar informaciones. Escuchar versiones distintas a las nuestras sin convertir cada conversación en un combate. Educar también nuestra forma de comunicarnos, porque las palabras construyen convivencia o levantan muros.

Y, por qué no, volver la mirada hacia ese rural que tantas veces pasa desapercibido y que hoy representa mucho más que un paisaje. Nuestros pueblos, nuestros montes, nuestros caminos y nuestras pequeñas comunidades siguen siendo espacios donde el tiempo transcurre a otra velocidad, donde todavía es posible conversar sin algoritmos de por medio y donde comprendemos que la realidad siempre es mucho más compleja y mucho más rica que cualquier eslogan.

Quizá necesitemos precisamente eso: menos pantallas y más horizonte; menos consignas y más preguntas; menos indignación automática y más curiosidad.

Nos reencontraremos en septiembre. Ojalá lo hagamos con la mirada un poco más serena, con el pensamiento más libre y con la certeza de que una democracia fuerte no se sostiene sobre quienes más gritan, sino sobre quienes todavía conservan la voluntad de escuchar.

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