España entra en un nuevo verano bajo el signo de la preocupación. Las altas temperaturas registradas en las últimas semanas, la abundante vegetación generada por las lluvias de primavera y las cifras acumuladas durante los primeros meses del año dibujan un escenario de riesgo que los expertos observan con atención.
Los datos provisionales muestran que 2026 ha llegado al inicio de la campaña estival con más incendios y más superficie quemada que en las mismas fechas del año pasado. Y esto no es una buena noticia.
Cada verano asistimos a una especie de cuenta atrás. Esperamos las primeras olas de calor, observamos los mapas meteorológicos y seguimos con inquietud las noticias que llegan desde distintos puntos del país. Cuando aparece el fuego, toda la atención se concentra en los medios de extinción: helicópteros, hidroaviones, brigadas forestales y equipos de emergencia. Son recursos imprescindibles y el trabajo de quienes los integran merece el reconocimiento de toda la sociedad. Pero quizá, estamos poniendo el foco en el lugar equivocado.
Durante décadas hemos aprendido a medir el éxito de las campañas contra incendios por el número de fuegos apagados o por la rapidez con la que se consigue controlar un frente. Sin embargo, cada vez más especialistas insisten en una idea sencilla que encierra una profunda verdad y se trata de que el mejor incendio no es el que se extingue con eficacia. El mejor incendio es el que nunca llega a producirse.
En verdad, un incendio no empieza cuando alguien ve humo en el horizonte, empieza mucho antes. Comienza con la acumulación de combustible vegetal, con el abandono de parcelas y montes, con la desaparición de actividades agrícolas y ganaderas que históricamente contribuían a mantener el territorio. Empieza cuando dejamos de gestionar el paisaje y permitimos que el riesgo se acumule año tras año. Por tanto, cuando finalmente aparece la chispa, el problema ya estaba entre nosotros.
Los llamados incendios de nueva generación han puesto de manifiesto los límites de una estrategia basada exclusivamente en la respuesta. Son fuegos capaces de propagarse con enorme rapidez, de alterar las condiciones atmosféricas de su entorno y de superar, en determinadas circunstancias, la capacidad de actuación de los mejores dispositivos de extinción. Frente a ellos, la prevención deja de ser un complemento para convertirse en la principal herramienta de protección.
Por eso resulta significativo que muchas administraciones estén incrementando sus presupuestos destinados a la gestión forestal y a la prevención. Es un paso necesario. Pero también conviene cambiar la forma en que entendemos ese gasto.
Con frecuencia se presenta la inversión en prevención como un coste adicional. En realidad, ocurre exactamente lo contrario. La prevención es una inversión colectiva, del mismo modo que lo es la sanidad pública cuando apuesta por las vacunas, los programas de detección precoz o la atención primaria.
Nadie cuestiona que vacunar sea más inteligente que tratar una enfermedad cuando ya se ha extendido. Nadie discute que detectar a tiempo una patología evita sufrimiento y reduce costes futuros. Con los incendios ocurre algo parecido.
Limpiar el monte, mantener cortafuegos, apoyar la ganadería extensiva, gestionar la biomasa o conservar una población activa en el medio rural es mucho más eficaz y mucho menos costoso que movilizar enormes recursos cuando las llamas ya avanzan sin control. Y claro, la diferencia es que los éxitos de la prevención rara vez aparecen en los titulares. No vemos las hectáreas que no arden.
No contamos los pueblos que no tienen que ser evacuados. No somos conscientes de los incendios que nunca llegan a declararse gracias a una gestión adecuada del territorio. Y, sin embargo, es ahí donde reside el verdadero éxito de una política pública.
Quizá por eso el debate sobre los incendios debería empezar mucho antes del verano. Debería hablar de desarrollo rural, de ordenación del territorio, de gestión forestal y de planificación a largo plazo. Debería preguntarse cómo queremos que sean nuestros paisajes dentro de veinte años y qué recursos estamos dispuestos a dedicar para conservarlos. Y no podemos olvidar que los incendios no son únicamente un problema ambiental. Son también una cuestión económica, social y territorial.
España afronta este verano con más riesgo que hace un año. A comienzos de junio, el sistema europeo EFFIS elevaba ya a 30.229 hectáreas afectadas por los incendios, casi cuatro veces a la de un año antes. Esa realidad exige medios de extinción preparados y profesionales bien dotados. Pero exige, sobre todo, una convicción colectiva y exigible.
Que la mejor política contra los incendios no empieza cuando suena una alarma, sino mucho antes. Al fin y al cabo, el mejor incendio no es el que conseguimos apagar. Es el que nunca llega a existir. Y los datos nos demuestran que todavía estamos demasiado lejos de entenderlo.