Mi mayoría silenciosa

Cada uno de nosotros sabe de los excesos o defectos de esta sociedad que intenta caminar cada día hacia una mejor opción de futuro por abordar.

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Sara Martínez

Llevo varios días conociendo muy de cerca eso que llamamos inserción social, reeducación de menores y todo aquello que nos depara una sociedad que sabe de excesos y peligros, pero desborda demasiadas veces la falta de soluciones rápidas para conseguir equilibrios justos y equitativos.

Lo fiamos todo a esa necesaria red pública para redimir los defectos de aquellos que, por diferentes causas, reparan en acciones contrarias a nuestro ordenamiento jurídico, precipitando situaciones que conllevarán un tiempo de reflexión personal y una etapa de trabajo conjunto para reiniciar la vida que merece cualquier persona dentro de esta sociedad que le sigue perteneciendo.

Toda una experiencia conocer de cerca tantos problemas que quedan siempre bien tapados del conocimiento general y donde trabajan, con energía imprescindible, profesionales que apuestan su actividad en favor de la remisión de menores y jóvenes como una oportunidad añadida, tanto para ellos como para la propia colectividad que conformamos todos.

Mientras tanto, esa actualidad que tanto nos magnifican los medios de comunicación a partir de cualquier chistecillo en los pasillos de los comederos políticos, sigue como si fuera lo más importante para esta vida cotidiana que llevamos todos de mochila. Cualquiera de nosotros sabemos percibir las necesidades apremiantes de lo que nos rodea. Cada uno de nosotros sabe de los excesos o defectos de esta sociedad que intenta caminar cada día hacia una mejor opción de futuro por abordar. Todos, o casi todos, lidiamos con demasiadas pesadumbres para tener que aguantar la excesiva levedad de lo que grotescamente importa en las tertulias propias del gremio.

Durante esta semana hemos podido comprobar un ejemplo más de esta desmesurada distancia entre los caminos cotidianos de la ciudadanía y esta clase política que tanto nos decepciona, más allá de los sesgos ideológicos. Probablemente, dentro de un tiempo, en las aulas del conocimiento universitario se podrá evaluar el rango de cinismo histriónico con el que nos han toreado unos y otros para conseguir renovar ese sanctasanctórum del organigrama de las instituciones del Estado como es el Tribunal Constitucional.

Más allá de las representatividades más o menos afines que pudieran producirse, reconozcamos que entre los que se tienen que tapar la nariz para votar a favor de los nombramientos acordados y los que se justificaban en bloquear la renovación de la institución por aquello de la despolitización de sus nombramientos, nos han dejado a esa mayoría silenciosa de este país con cierta desmotivación vital.

Ya lo decía Martin Luther King, que “la injusticia en cualquier parte, es una amenaza a la justicia en todas partes”. Algo de ello han conseguido entre todos. Reconozcamos también que a una parte de los responsables de los nombramientos parece que les han cogido con el carrito del helado y en pantaloncitos cortos. Demasiada inocencia para que te cuelen una carambola desde la escuadra opuesta.

Poca coherencia para dar validez a quien, por el momento, deja en mal lugar eso de la equidistancia en las cosas de la justicia, tan imprescindible en la argumentación de la balanza democrática. Tanto es así que parece que al lado bloqueador de nuestras instituciones le ha salido el anecdotario excesivamente gratis ante tanta contradicción.

Equilibrar los órganos constitucionales ha quedado tan diluido que, al final, quienes han quedado desnuditos han sido los que incoherentemente han callado ante la falta de ética y con expedientes mucho más mejorables para ser candidatos a nada.

Mientras tanto, esa estupenda mayoría silenciosa seguirá despertando con las preocupaciones cotidianas y, en el mejor de los casos, dejándose la piel en superar demasiadas desigualdades sociales que permanecen, indistintamente, en el silencio de la voz pública. Esas vidas y esas causas seguirán siendo las imprescindibles.

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