Los señuelos de la actualidad

Decía Immanuel Kant, padre del idealismo transcendental, que “no busques el favor de la multitud que rara vez se alcanza por medios honrados y legales. Busca el aval de unos cuantos; no tengas en cuenta la cantidad de voces, sino su peso.”

Todo un referente en desuso en estos tiempos presentes que saben más de multitudes bien adocenadas por las redes sociales que del discurso personal y diferenciador que enriquece la diversidad por excelencia.

Dejamos atrás la fiesta democrática a la madrileña para patentizar la versatilidad de nuestra misma vida cotidiana y sus mismos problemas, y también, por qué no, las mismas alegrías de este existir que tanto nos calza por los pies. Nos hemos convertido en multitud de iconos gráficos que suplen la pobreza de argumentos con el limitado simplismo del emoticón más novedoso.

Tal es la metamorfosis de la opinión pública, que nos hemos convertido en un producto, un rédito del que se aprovechan los medios de comunicación, transformando su responsabilidad comunicativa en someras especulaciones excesivamente adjetivadas, que eso vende muy bien, y dejar de hacer algo tan básico e imprescindible como contar lo que ocurre y defender las fortificaciones de una convivencia democrática e igualitaria para todos.

Un buen momento para reflexionar sobre nuestra estirpe de cronistas del presente, que generan demasiado espectáculo en bucle de los inputs del marketing político para rentar sus outputs destiladores de demasiados odios y oscuros señuelos.

De alguna manera, este irreflexivo tiempo que vivimos reporta, como una máquina de chorizos, estereotipos desmedidos sobre hechos de una simpleza aplastante, fáciles de digerir desde la algarabía de las fábricas de memes y desde la gracia que les reímos a quienes nos adulan sin argumento alguno.

  • Ya se sabe, todo por un like, o un me gusta, al gusto del consumidor y del charlatán más equidistante.

Y así vamos pasando estos días y sus noches. Clamando por la libertad y al mismo tiempo, paradojas del destino, criticando a voz en grito el fin de la normativa que nos hacía un poco menos libres.

También es cierto que, si los argumentarios de unos y otros rozaran un poco más la sensatez y la solidaridad, no necesitaríamos tanto armazón jurídico para hacer un uso responsable de eso que llamamos bien común. Todo un intento titánico de las multitudes de lidiar con lo grotesco para afianzar el camino con quien nos codeamos en la misma acera.

Toda una oportunidad para ser libres y responsables sin necesidad de espadas de Damocles encima de nuestros actos. Una ocasión imprescindible para esquivar la emboscada de la falsedad.

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