La narrativa de la ponzoña

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Sara Martínez

En las reflexiones de Buda hay una frase que dice: “Aferrarse al odio es como tomar veneno y esperar que la otra persona muera”.

Sin duda, semejante a lo que estamos recibiendo todos en este devenir diario que acecha con demasiados miedos y desnudos de las tan necesarias esperanzas. En algún momento alguien ganó la partida a esa narrativa para llevarnos en volandas por los abruptos temores de lo que somos y retroceder posiciones en esta guerra abierta con la que abatimos la confianza en la vida a secas.

No nos sirven los datos objetivos de todos los problemas que nos pueden rodear. Tampoco sirven en demasía las justificaciones interesadas para colgarle el sambenito a alguien de antemano crucificado, como buen chivo expiatorio de nuestras culpas cotidianas.

Reforzamos nuestro argumentario con los servicios de hemeroteca que ladran despropósitos de unos y otros y obturamos el conducto vital de las tan necesarias certidumbres.

Con este panorama, intentamos lidiar con excesivos miedos para seguir fracasando en diagnósticos. Y el que más y el que menos se va arrimando al séquito de opinadores que mejor representa su anímica razón a modo de las antiguas y beligerantes escuelas filosóficas, pero en plan castizo, claro, que es mentar la filosofía y nos venimos arriba rápidamente.

Lo peor de todo es que hemos asumido que en este galimatías siempre sobra alguien o algo. Centramos nuestro despropósito en el enemigo a vencer o la trinchera que defender. Ahora que hemos recuperado ese forofismo deportivo de masas, regresamos a los viejos articulados. Y con exultante logorrea, posicionamos con satisfacción de rebaño, tan de moda en estos tiempos, no tanto nuestros pensamientos, sino más bien nuestras posaderas.

Volvemos a brindar con nuestro chupito de inquina diario y levantar el ánimo frentista ante los recelos cotidianos. Una manera de rearmar nuestras 24 horas, dejando de lado la historia de nuestro pasado y esclavizando demasiado futuro incierto con la única esperanza de que los otros, esos a quienes tanto despreciamos, desaparezcan de nuestra vista.

Todo un aprendizaje que destruye inmoderados intentos en la convivencia y de los que tenemos tantos ejemplos para avalar aquello bien sabido de que los problemas que siempre engendra el odio, nunca soluciona ninguno.

Sería interesante que, igual que aprendemos a odiar, sepamos que nos podemos ilustrar en el respetuoso apego al diferente. Toda una batalla fácil de vencer si sabemos que el odio, al igual que la oscuridad, no se combate con las propias fobias o tinieblas, sino con corazón y con los destellos de la madrugada.

Todo un esfuerzo por aquello que afirmaba el escritor Havelock Ellis, que “cuando el amor se reprime, el odio ocupa su lugar”. Y nuestro aquí y ahora, sin duda nos está dejando bien cebados de demasiada ponzoña y hambrientos de perspectiva para seguir los diversos senderos de esta puñetera vida.

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