La conciencia propia

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Sara Martínez

Decía André Malraux, político y escritor francés, que había aprendido que “una vida no vale nada, pero nada vale una vida”.

Y es cierto que en el momento en que maximizamos lo importante, decaen muchos estereotipos vitales de nuestro ordenamiento diario. Asumamos que el reciente tiempo de confinamiento nos dejó en un letargo social de reencuentros con nosotros mismos, en una mezcla de reflexiones fundamentales y miedos enganchados a un futuro tan incierto como perecedero. A pesar de ese deseo universal de salir mejores, más fuertes y más solidarios, hemos ido desinflando esa vieja retaguardia que siempre sueña con un mundo mejor.

Y esos miedos han sido un buen caldo de cultivo entre quienes saben de la propaganda indocta para con las masas, para conquistar batallas partidistas y, a diferencia del autor de La Condición Humana, dejar de buscar los elementos positivos en el bien común y reubicar esa negatividad excluyente que deja siempre por remontar las peores heridas de la historia.

Flaco favor a la sociedad que las actuales estrategias sucumban a la simplificación del combate entre siglas y líderes, dejando en desventaja, una vez más, ese frágil patrimonio colectivo que recapacita en las diferencias y construye lugares comunes. Poco se nos cuenta de esta táctica pública de gobernantes y aspirantes bajo el palio de los encumbrados sicarios de opinión, que enajenan del debate las consecuencias de este estercolero de dimes y diretes con los que nos martillean diariamente en este prototipo de verticalidad democrática. Toda una cascada de premisas sobre las que asentar los desequilibrios para conseguir medias victorias del bando correspondiente.

Sería interesante, a excepción de aquellos que siempre reordenan lo bueno o lo malo a partir de su excluyente territorio, repartir la atención hacia ese puzzle global que conformamos tantos lugareños de este planeta. Ya sabe, eso de los estornudos del norte frente al padecimiento del sur o viceversa. Y para ello tan solo es necesario recapitular nuestra propia historia para desarmar premisas que comienzan a reinterpretar la crónica existencial de quienes nos precedieron.

Sabemos que, como decía Malraux, una vida no vale nada. En verdad, la individualidad nunca ha servido para mucho, más allá de conseguir lo propio y excluyente a partir de pisar los peldaños con la cabeza de otros. Pero igual es el tiempo de motivar el segundo axioma para replicar a quienes redimensionan nuestra propia existencia y negar con vehemencia que nadie ni nada valdrá para perder la vida que tanto nos cuesta llevar a las espaldas. Y ante la duda, recuerden, siempre nos quedarán los balcones para volver a respirar nuestra propia conciencia.

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