Entre el barro y el arco iris

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Sara Martínez

Truman Capote ya comentaba en su obra épica “A sangre fría” que “es fácil no hacer caso de la lluvia si se posee un impermeable”.

Viendo el final de este verano tan atípico en muchos aspectos, parece que todos hemos intentado mantener ese resguardo con cierta impermeabilidad. Tanto es así que me ha llamado la atención el permanente intento de descrédito político para algunos como arma arrojadiza en estos tiempos excesivamente convulsos.

Empieza a ser hartante el nivel ingrato ante demasiados acontecimientos que deberían ser observados con algo más de responsabilidad universal y menos juego partidista. Y creo que los que utilizan cualquier excusa para lanzar comentarios esperpénticos ante las necesarias soluciones, lo hacen gracias a saber que, de alguna manera, somos una sociedad más preocupada por el chubasquero personal que por las consecuencias de demasiada lluvia ácida mediática como preámbulo a embarrar demasiados conflictos.

Estamos a punto de comenzar un curso nuevo para todos. Retomar la actividad es el principio de un nuevo año económico y político que ya no tendrá descanso hasta las fiestas navideñas. Lo cierto es que el asueto estival no ha servido para corregir ese frentismo insaciable que parece querer desbordar la necesaria calma y reordenar posiciones y proyectos que sepan a algo más que al garrote en la mano.

Se nos llena la boca de patrias y nacionalidades. Repetimos demasiadas veces bulos absurdos sobre nuestras realidades y nos dejamos llevar por el chascarrillo vulgar de las apariencias. No somos mejor ni peor que cualquier otro país, pero agrietamos demasiadas veces el respeto y la pluralidad de lo que hemos sido siempre. Flaco favor a nuestro futuro, cuando el único acuerdo de nuestros representantes se vulnera día a día con las exigencias de desacuerdo en la exclusiva defensa de unas siglas.

Nadie hace todo bien ni tampoco todo mal. Reabrir melones veraniegos donde destripar cualquier intento de mejora, solamente puede justificarse en el ansia de quienes se creen perdedores y no aspiran a otra cosa que intentar ganar a pesar de todo y de todos. No me gusta esta estrategia de enfrentar respingos personalistas para dejar en la estacada el necesitado futuro para todos nosotros.

Demasiado rechinar de dientes para señalar absurdos que nada tienen que ver con la realidad que vivimos. Tampoco me gusta esa actitud de hinchar demasiado la gestión diaria con acciones que saben más a una necesidad colectiva efímera que a grandes soluciones.

Tenemos un buen impermeable ante demasiados desastres en tierras lejanas o más cercanas. Nos espanta ver imágenes donde nos cuentan lo que está pasando en el lejano Kabul o permanecemos impasibles ante la muerte lenta y agónica de ese Mar Menor que nos debería de haber dolido mucho más desde hace ya bastantes años.

Retomar septiembre debería significar algo más que continuar un nuevo tiempo de peleas estériles y desproporcionadas. Debería acelerar esa representatividad de más mayorías que saben de los puntos intermedios para encuentros que sepan de acuerdos. Llevamos demasiado tiempo dándole importancia a los extremos de estos bandos que siempre destruyen los equilibrios de las sociedades democráticas.

Esa banda de hooligans que van a pecho descubierto para afianzar sus posiciones exclusivas que rayan el exterminio de la diversidad en las soluciones. Mientras tanto, la gran mayoría social nos acostumbramos a pasar desapercibidos e intentar sobreponernos a pesar de la lluvia que embarra hasta el anhelo de un arco iris del que todos deberíamos ser merecedores. Por el momento, seguimos mirando al cielo con un paraguas transparente en la mano.

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