Entre cristales

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Sara Martínez

Ya lo decía James Joyce en su Ulises, la mejor obra vanguardista del siglo XX: «Los colores dependen de la luz que uno ve».

Y una vez más, podemos entender que nuestras verdades ya no dependen tanto de los colores como del cristal que cada uno se pone por delante para entender la inmensidad que nos rodea. Una imponente realidad diaria que nos acecha entre lo que vemos y oímos, y que en muchos casos no pasa de un refilón de diez segundos y el chismorreo de demasiadas multitudes.

Precisamente, esta diferencia entre la colorimetría o el vidrio que elegimos para observar este presente empieza a ser el gran problema de esta divergencia continua que nos lleva al mantra constante de demasiada estulticia.

Cada semana tiene su aquel, y algunas tienen demasiadas aristas fortificantes de inmovilismos que siempre conllevan a aquello de tomar, como los burros, por el camino de en medio. Y esta hebdómada ha tenido lo suyo. Tanto es así que, además de los hechos constatados, hemos podido comprobar que lo más importante ha sido rejuntar excesos verbales en lugar de litigar desde la constancia que enriquece la sabiduría del contrario.

Nos quejamos de todo, porque nos colaron, a falta de argumentario, aquello de que todos son iguales y todo es una birria. La dicotomía irrelevante ayuda a pensar hoy de una manera y mañana, si hace falta, de todo lo contrario. En los medios de comunicación reaparecen los adscritos a los diversos colores sin revelar los cristales con los que nos quieren hacer ver otras realidades.

Y reconozcamos que este estilo de estar conmigo o estar contra mí empieza a ser excesivamente dañino para una de las obligaciones más exigibles en una sociedad democrática. Justo en ese punto, en el aparte de la narrativa diaria, se encuentra el precipicio de muchos de nuestros valores que nos afinan la verdadera libertad social para construir esa hermosa vidriera por la que podemos reflejar la inmensidad del juego de los colores, toda una riqueza de esperanza frente al miedo a demasiadas oscuridades.

Tanto es así que consideramos que esta modernidad del marketing político reordena diariamente esos idearios que, a modo de pigmentar demasiadas realidades, recubren nuestro escaparate social en un intento de uniformar el universo del pensamiento.

Como decía Jose Luis Sampedro: “sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no sirve de nada”. Se nos llena la boca en demasía y hasta izamos demasiadas banderas con la expresividad de unos pocos, siendo la realidad que devoramos la pluralidad de la gama cromática, tanto las armónicas como las contrastadas.

Poco sabemos de cuidar nuestro personalísimo cristal para lucir con miles de reflejos e iluminar una mejor visión de lo que nos rodea ahí fuera. Mientras tanto, algo deberíamos hacer, porque ya saben que siempre alguien puede querer romper demasiados cristales que nos lleve a perder tonalidades universales. Y para eso, tan solo, se necesita la oscuridad de una noche.

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