Conversaciones con las abejas

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Sara Martínez

Leía esta semana que las abejas, ese bichillo tan común entre nosotros, había sido declarado como el ser vivo más importante del planeta.

La verdad, no es ninguna noticia reciente. Fue hace casi un año cuando en el último debate de la Sociedad Geográfica Real de Londres y el Instituto EarthWatch hacían suya aquella cita atribuida a Albert Einstein sobre que “si las abejas desaparecen, a los humanos les quedarían cuatro años de vida”.

Cualquiera diría que la miel que ellas producen fuera tan imprescindible para sobrevivir. Casi sería la consecuencia simple en este mundo de efectismo productivo que nos prioriza en este andar incansable. Evidentemente, la naturaleza tiene otros objetivos y, por supuesto, el valor de este insecto se encuentra en otros quehaceres tan ciegos a nuestros ojos como es la inigualable contribución a la reproducción de todas las plantas del planeta.

Reflexiones como ésta se llevan haciendo desde hace décadas, sobre la importancia de respetar este entorno que nos acompaña y que, a pesar de tanta insistencia, sigue siendo tan secundario para todos. Nuestras utilidades premian quehaceres cotidianos y la propia comodidad. Somos expertos en mirar hacia otro lado para continuar en nuestros propósitos a pesar de demasiada tierra quemada en el camino.

Desde el mundo científico, excesivamente apartado de las agendas de comunicación social, reafirman su función de chivatos sobre nuestro mal proceder con esta tierra, aunque de poco les sirve ese esfuerzo para soplarnos las consecuencias de nuestros actos colectivos.

A pesar de tantas evidencias, seguimos más preocupados de nuestro peculio personal que de el mal rastreo en las necesidades de supervivencia a las que nos vemos abocados. Ni tan siquiera una pandemia ha supuesto un cambio en nuestras costumbres. El objetivo fue siempre volver a la misma normalidad, tan lejana de las propias necesidades vitales. Sin embargo, cualquier conversación tan propia en este tiempo estival, ratifica nuestra mala conciencia.

En verdad, somos sabedores de que las cosas no funcionan bien. Lo malo de tanto comentar es que, al final, lo mejor es seguir tirando balones fuera para que los recojan los responsables políticos. Decaemos en el esfuerzo primario como sociedad para dejar tan importantísima responsabilidad en aquellos que nosotros mismos calificamos como malos representantes.

Toda una renuncia a nuestra obligación de responsabilidad y compromiso con el futuro, no tanto por lo que nos toca sino por lo que dejaremos a otras generaciones. Renunciar al valor de lo importante nos deja un fracaso rodeado de esas utilidades que tanto se promocionan en publicidad.

Mientras releía esta reflexión me enteraba también de la pérdida de Matilde Vilariño, la voz inconfundible de aquella serie infantil de La abeja Maya. Y me acordé precisamente de aquellos años donde no había quien se perdiera las aventuras de la pequeña abeja con su amigo Willy. Todo un guiño a demasiados avisos y mucho tiempo perdido. Nadie debería sentirse engañado ante nuestro excesivo prototipo de vida moderna que nos hemos construido.

Somos bien sabedores de lo que deberíamos haber hecho hace ya demasiadas décadas y el imprescindible respeto a esta tierra que nos sirve para algo más que para pisar y avanzar con demasiada prisa. Será como decía Gandhi, que “la tierra ofrece lo suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no la codicia de algunos…”. Y parece ser que seguimos andando en ese frágil desequilibrio que, finalmente, nos afectará a todos.

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