A veces, la realidad supera a la ficción. O, mejor dicho, a veces la realidad española decide imitar a la ficción argentina.
Mientras el juez Peinado avalado por la Audiencia Provincial de Madrid ha conseguido sentar en el banquillo frente al jurado popular a Begoña Gómez por delitos como malversación y tráfico de influencias, una idea revolucionaria se abre paso en la tertulia nacional a partir de los excesos de Patxi López: ¿y si en lugar de un problema, esto fuera la solución? ¿Y si la presunta corrupción de la esposa del presidente no fuera un escollo, sino el mejor currículum posible para sucederle?
Porque si hay algo que ha funcionado en Argentina es la sucesión matrimonial. Allí la fórmula es simple: ¿el líder peronista está en el poder? Pues su mujer, al cierre, será la próxima presidenta. Es tradición, es folclore, es casi un derecho adquirido. Cuando Juan Domingo Perón falleció en 1974, su vicepresidenta y viuda, Isabel Perón, tomó las riendas del país. Más tarde, Néstor Kirchner, tras un exitoso mandato, decidió no buscar la reelección y apoyó la candidatura de su esposa, Cristina Fernández de Kirchner, quien asumió la presidencia en 2007.
¿Ven por dónde voy? Argentina convirtió el «presidencialismo matrimonial» en toda una escuela de gobierno. ¿Y qué mejor manera de preparar a una sucesora que someterla a un exhaustivo entrenamiento en los entresijos del poder? En Argentina, la carrera política de la esposa comienza en la sombra del marido; en España, parece que Begoña Gómez ha decidido empezar su preparación por la vía rápida: la instrucción judicial.
Según los autos, se la acusa de haber utilizado su posición como esposa del presidente para impulsar su carrera privada en la Universidad Complutense. Es decir, ha estado tan cerca del poder que ha aprendido a usarlo. Eso no es un delito, ¡es un máster en liderazgo! ¿Qué mejor prueba de que está lista para gobernar que haber demostrado ya su capacidad para mover los hilos del sistema? Si en Argentina ser la esposa del líder es el pasaporte a la Casa Rosada, en España ser la esposa del líder y estar imputada por corrupción debería ser el billete directo a La Moncloa. Es el plus de la experiencia.
Y aquí es donde la ecuación se vuelve redonda, casi tan redonda como un balón de fútbol. Porque mientras discutimos si Begoña será o no presidenta, España y Argentina se enfrentan en la final del Mundial 2026. En el césped de Nueva York, los argentinos nos enseñarán cómo se juega al fútbol con garra, corazón y, cómo no, un poco de picardía.
Si queremos ganar el Mundial, está claro: tenemos que argentinizar España. Y no me refiero solo a la táctica del «pressing» o a la siesta. Me refiero a adoptar su modelo político. Si el peronismo nos ha demostrado algo es que la combinación de poder, pasión y sucesión familiar es imbatible. ¿Por qué conformarnos con un presidente cuando podemos tener una dinastía?
Así que ya saben, queridos lectores. Si Begoña Gómez es absuelta, tendremos a una primera dama impecable. Si es condenada, tendremos a una presidenta con un máster en «cómo sobrevivir a la justicia». En cualquiera de los casos, ganamos. Y para rematar, si la argentinización se extiende al fútbol, el domingo celebraremos el título. Begoña Presidenta, España Campeona.
Todo encaja. Ojalá el juez Peinado lo vea así y, de paso, le devuelva el pasaporte. Va a necesitar viajar mucho si gana el Mundial.