El problema de fondo de las guerras estriba en si pueden ser justas o no; personalmente, creo que unas sí y otras no.
Ejemplos de guerras tenemos a montones, incluso en la actualidad, y en muchas ocasiones, se pagan las consecuencias de las anteriores. Son consecuencias: el desastre en la ex-Yugoslavia, la descomposición y conflictividad en la ex-Unión Soviética, los conflictos nunca resueltos en Oriente Medio y África, los problemas fronterizos en Latinoamérica…
Una guerra la sufren los que la viven y las generaciones futuras, dando lugar muchas veces a nuevos posibles enfrentamientos bélicos. Además, cuando vemos de forma clara el trasfondo económico y de dominio que existe en todas las guerras, es entonces cuando decidimos si son convenientes o no.
Es trágico constatar que debajo de las opiniones sobre la paz mundial, el combate al terrorismo y la afirmación de la democracia, lo que hay son compras de voluntades nacionales, oferta de beneficios a los que apoyan, y diseño del orden mundial por las grandes naciones.
Una guerra no es un festival que se retransmite por televisión, no es una bomba que solo mata a los malos, no es algo lejano; una guerra es el hijo muerto, violaciones, mutilados y desaparecidos, torturas, pobreza, odio, desarraigo, hambre y un legado de incertidumbre y rencor para las generaciones siguientes.