Prisioneros de nosotros mismos

En verdad, hemos creado una incesante enredadera de interpretaciones, a cual más rocambolesca, para enraizarnos en las convicciones que más nos atrapan dejando en la mayoría de los casos demasiado malherida a eso que llamamos la verdad

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Sara Martínez

Entre las inmensas reflexiones que podemos encontrar de nuestro filósofo Ortega y Gasset, hay una que para empezar este nuevo curso no está nada mal: “Nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestros límites, nuestros confines, nuestra prisión”.

De algo de todo ello, entre espirales del silencio propias y ajenas, andamos deambulando en esta globalidad de informaciones donde cada día es más difícil diferenciar las certezas evidentes de las absurdas manipulaciones, no por ello menos peligrosas. Detrás de esta realidad se encuentra siempre la acusación fácil en el ámbito político, entre el que todos son iguales o el chascarrillo de que los otros lo harían peor, hasta la manoseada parcialidad de los medios.

En verdad, hemos creado una incesante enredadera de interpretaciones, a cual más rocambolesca, para enraizarnos en las convicciones que más nos atrapan dejando en la mayoría de los casos demasiado malherida a eso que llamamos la verdad. Una actitud que no solamente aplicamos a estas cosas de lo público, que últimamente tanto adolecen de criterios, sino que somos capaces de crearnos esa mantilla de protección ante nuestras acciones cotidianas para seguir rebuscando nuestras propias justificaciones.

Durante este verano me he encontrado en muchas ocasiones con la crítica hacia una juventud que no es responsable de su tiempo y que no se compromete con este mundo todavía demasiado sediento de justicia. En otras, esa necesidad de seguir criticando al bando contrario por nuestros sesgos políticos. Y finalmente, ese pensamiento instalado en demasía sobre la inmigración, los refugiados o cualquiera que aparezca en un número mayor de dos en nuestras fronteras.

Con los deseos, como cada año, de un próximo verano por venir, cuando las calles y plazas de nuestros propios refugios estivales han comenzado a quedarse en ese silencio propio de aquello que cambia muy poco a poco, reconozco que seguimos instalados en nuestras propias cárceles, aprisionando la necesidad de conocer y reflexionar sobre todo lo que ocurre en este complicado mundo.

Nos han instalado en un modelo donde hablar a partir de nuestras opiniones queda excesivamente grotesco para una sociedad que ha asumido que todo es propaganda. Confrontar pensamientos supone en el mejor de los casos esa amenaza de dejar de hablar de política, algo tan arraigado en nuestro querido país. Esta falta de canalizar nuestras divergencias, al final nos hace prisioneros de nuestra propia palabrería interior para quedarnos bien sentaditos ante el ordenador y alimentar los canales cerrados de aquellos que tan bien nos entienden y que nunca cuestionan ni un punto de nuestro pensamiento propio.

Al contrario, haremos de buen seguidismo compartiendo a pies juntillas cualquier gif que nos haga interesantes ante nuestras propias redes sociales. Qué buena manera de seguir hinchando pecho con el chiste de turno. Todo un paso más de aquel hombre masa de Ortega y Gasset que explicaba hace ya 90 años, hecho muy deprisa, escuchando casi nada para opinar de casi todo. Con esta nueva forma de comunicación digital que nos empuja a ir todavía más deprisa parece que estamos garantizando que esa prisión que nos limita a nuevos talentos y nuevas reflexiones sea al final la gran sospecha sobre nuestras convicciones justas.

Comienza un nuevo curso, casi como una preámbulo para dar cumplida cuenta a nuestro calendario ordinario. Y pienso que seguimos sin abrir la ventana para comprobar si está lloviendo. Será que se nos hace más fácil que nos digan lo que ocurre o llevarnos la grata sorpresa de averiguar que entre las dudas siempre se encuentran más verdades que entre excesivas certezas digitales.

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