Las desdichas de Pandora

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Sara Martínez

Hay semanas que uno, al hacer balance, siente un cierto vacío en los conceptos que siempre han sido atesorados en su corazón.

Todos, absolutamente todos, amontonamos sensaciones de justicia, libertad, honestidad, igualdad y tantas otras que acompañan nuestra narrativa cotidiana para venderlas al mejor predicador del momento.

Una cierta desigualdad de sensaciones que abaratan las acciones que pretendemos y necesitan de la muletilla para sentirnos incluidos en cualquiera de las camarillas que más nos puedan complacer. Ya lo decía Goethe, cada uno ve en el mundo lo que lleva en su corazón”.

Una excluyente limitación para retomar narrativas que incluyan a quienes difieren de nuestros anhelos y, por tanto, de nuestras creencias. Si llevamos esta conclusión al hervidero de banalidades en las que se ha convertido ese quehacer diario de las redes sociales, entendemos los estallidos grotescos que parecen dirimir la crisis apocalíptica de nuestra historia de cada día. Muchos se sienten ofendidos por la ingratitud sobre tanto esfuerzo a golpe de click, siendo señalados como parte de los problemas que invaden este mundo ordinario que, a veces, se hace tan insufrible.

Tanto es así que proporcionalmente a la exageración en la narrativa política, aumenta el odio de nuestras respuestas. Y eso sí que depende de nuestro corazón. Esa infatigable necesidad de reconocer nuestros propios sentimientos que siempre quedan por encima de nuestros argumentos. Y tanta fatiga tenía que traernos estas simplezas insultantes en el argot político de turno.

Siempre me ha costado llegar al agravio público sobre alguien. Incluso siempre pensé que ese debería ser el ultimo escalón de esta maltrecha convivencia que nos afecta a todos. A día de hoy asumo que el baldón y la mofa forman parte de ese dialecto personal que vomitamos diariamente. Desconozco el momento exacto en el que nos convertimos en la curiosa Pandora y abrimos esa caja de maldades que tenía a buen recaudo Prometeo.

Y así tenemos este percal nacional que, como buena piel de toro, cosecha embestidas al primero que se pone por delante, mirando de reojo lo que nos rodea bajo el hechizo insondable que desboca demasiados corazones.

Me imagino que gracias a este tiempo estival rebajaremos la tensión política y mediática para rehacer algún que otro esquema vital y dejar a buen recaudo la cochambre del insulto fácil y el desaire de los contraargumentos. Posiblemente, al que más y al que menos, a todos les toque desandar demasiados peñascos para restablecer caminos que nunca tuvieron que ser olvidados y atesorar más discernimientos construyendo valores incombustibles.

Ya lo decía el atormentado Fausto: Los sentimientos delicados que nos dan la vida yacen entumecidos en la mundanal confusión”. Y con tanta turbación se nos está quedando un tiempo demasiado vacío bajo el siseo de demasiadas serpientes de verano.

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