Las amarguras de Olafo

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Sara Martínez

Encuentro una cita subrayada en “El archivo” de Victoria Schwab en la que dice: “Omitir no es lo mismo que mentir… Es una manipulación”.

Y tan sólo hay que darse una vuelta en el mensaje comunicativo diario para entender demasiadas omisiones y sus consecuentes comisiones. El batiburrillo de la actualidad desconforma cualquier entendimiento aséptico de colores, dejando ese mirar vacío con su rechinar de dientes.

Demasiados informativos a las espaldas de cualquiera para tener esa mezcolanza de hastío que poco agrada en lo social y mucho nos aprieta, cada vez más, en la cueva de lo individual. Es cierto que el equilibrio narrativo hace ya mucho tiempo que lo hemos perdido.

Somos muchos los que llevamos tiempo en silencio para redimir demasiada grosería argumental y resarcir en el respeto a las diferencias del pensamiento. Los que llevan la voz cantante en esa representación de la opinión pública han sucumbido a ese fenómeno digital del clickbait, donde el sensacionalismo parece ser el recurso para seguir vivos. Toda una consecuencia degradante para la integridad en el debate de lo público, azuzado por demasiadas omisiones de los hechos con el fin de seguir la estela del timo social.

Tampoco es muy diferente a otras etapas de nuestra propia historia o la de otros. Los movimientos sociales siempre tienen ese exceso de trapacear entre afines y contrincantes para retorcer los caminos que necesariamente tenemos que seguir.

Detentamos información diaria de demasiadas comisiones del mal, superávit de estos tiempos donde ronronea siempre el descrédito a lo que nos representa y con la falta de respeto hacia lo que decidimos. Por el contrario, se nos omite con desmesurada frecuencia el día a día de nuestros asuntos cotidianos, el seguimiento de las acciones públicas, las propuestas reales sobre nuestro quehacer diario, dejando un déficit informativo sobre lo que tenemos encima.

Aún así, no nos debería servir de excusa en esta antesala del laberinto político actual para no responsabilizarnos de nuestra reflexión y conocimiento. Demasiada inquina previa para radicalizar este lenguaje tan vacío al que nos hemos sometido. Gracias a ello, hemos dejado poco a poco que pongamos en duda las fortificaciones por excelencia de nuestra convivencia con el cacareo demasiados adjetivos altisonantes como pollos sin cabeza. Y de eso, sinceramente, sólo tenemos la culpa cada uno de nosotros mismos.

A lo mejor es el momento de recordar las reglas de Olafo, el vikingo amargado, y reflexionar sobre aquello de que “el que echa la culpa a los demás tiene un largo camino por recorrer. El que no culpa a nadie, ha llegado”. Y esa diferencia será el punto de inflexión en ese futuro que siempre nos parece tan reparador. Pero, claro, ya deberíamos saber que el futuro, como tal, siempre se escabulle entre los dedos de nuestro presente.

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