La larga sombra del eclipse

Será que estamos perdiendo esa exigente capacidad para mirar y observar lo que sigue pasando a pesar de nosotros mismos.

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Sara Martínez

Hay que reconocer que los acontecimientos que vamos viviendo en estos últimos años, despliegan demasiada inseguridad en nuestras existencias como para empezar a fijarnos en el cielo que nos cobija.

Excesivas dudas sobre el futuro como para seguir ese consejo tan nuestro de vivir el presente. Nos hemos acostumbrado a dar un paso adelante y otro atrás en cuanto a objetivos que conseguir y hasta un cierto dolor en la memoria sobre todos aquellos proyectos vitales que remontan la sutileza de vivir.

Reordenando la semana, que para eso uno descansa, cuesta tomarse en serio tanta noticia de blanco y negro a pesar de la colorimetría política que nos emponzoña cada día. Parece que seguimos jugando al despiste, relegando lo que es importante para nosotros y terminando nuestro comentario diario suscribiendo lo que nuestros representantes han decidido que sea imprescindible para nuestra sesuda sabiduría.

Las calles comienzan a saber de las reivindicaciones que tanto quedaron calladas con esta pandemia, manteniéndonos en ese reposo vital de la incertidumbre. Regresa la lucha de colectivos necesitados de mejoras demasiado tiempo aparcadas. Vuelve la pancarta y el grito reivindicativo que, de alguna manera, resucita una sociedad exigente y activa de presente.

Y con esta apertura del sonido callejero, también reaparecen los necesarios protagonistas de la actividad política para acariciar ese sentimiento de apoyo incondicional con cualquiera de sus causas, a pesar de las contradicciones de su propio pasado. Una actitud que sería plausible si no conllevara una falta de espíritu colectivo hacia la diversidad de acciones y opiniones y, por tanto, cercana a las diferencias ya no sólo ideológicas, sino también sociales.

Decía Mario Benedetti que “de eso se trata, de coincidir con gente que te enseña a mirar con otros ojos”. Cuánto aprenderíamos si fuéramos capaces de mirar con esa imprescindible sutileza de la diferencia para reponer más respeto y tolerancia. Todo un señuelo para nuestra capacidad de evolución.

Mientras tanto, se nos fue un nuevo eclipse lunar casi sin echarle ni un reojillo a pesar de ser el más largo de los últimos 580 años. Será que estamos perdiendo esa exigente capacidad para mirar y observar lo que sigue pasando a pesar de nosotros mismos. Será que en algún momento hemos claudicado ante la larga sombra de nuestros propios miedos.

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