La bandera de la contradicción

Hay que reconocer que el trabajo a realizar se promete demasiado facilón para asegurar cierta destreza con los temas que realmente nos afectan e importan.

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Sara Martínez

Como buen investigador, Blaise Pascal ya exponía en su obra Pensamientos que Ni la contradicción es indicio de falsedad, ni la falta de contradicción es indicio de verdad”.

Una reflexión que deberíamos recordar en estos tiempos que vivimos con cierto prologuismo diario basado siempre en el descrédito del otro. La semana se queda entre enjambres sísmicos que retumban esa sensación de inseguridad y los máximos ya diario a esa factura de la luz que, por cierto, en este país siempre nos ha llevado de cabeza.

Me acordaba viendo las infografías cotidianas sobre esos máximos de costes eléctricos, con las que nos presentaban hace unos años, no tan lejanos, sobre la especulación al minuto de aquella prima de riesgo que nos estaba dejando como unos zorros. También en aquellas se consideró mucho más efectista ese mensaje apocalíptico que tanto desactiva el futuro y la esperanza del esfuerzo comunitario.

En verdad, es la coyuntura que siempre aprovecha de la demagogia de los solucionadores de turno. Y mientras presenciamos esta partida de chascarrillos cotidianos donde siempre se apunta a la contradicción como prueba falsaria, el mundo sigue rodando entre los que se descuelgan peligrosamente en el declive económico y los que toman carrerilla aprovechando el desplome de riesgos.

Es cierto que se ha puesto de moda este apunte diario sobre las contradicciones del contrario. Repartir estopa analizando la frase dicha en el minuto de oro que regresa al presente como una ametralladora contra la gestión de unos y la vigilancia corporativa de la oposición al gobierno. Una estupenda farándula dialéctica que sirve de ideario común entre bandos para el deleite de quienes nos aseguran velar por la verdad en sus informativos.

Hay que reconocer que el trabajo a realizar se promete demasiado facilón para asegurar cierta destreza con los temas que realmente nos afectan e importan. Y tanto es así que el nivel de exigencia comienza a flaquear y cualquier réplica nos sirve para hilvanar tanto descosido social. Una acción de riesgo que dificulta la solución de problemas desde la empatía social.

Empiezan a ser más importantes los quienes que el qué y con ello, somos capaces de llevarnos por delante cualquier indicio de verdad o falsedad. Referenciamos mucho mejor los macroapelativos que los esfuerzos positivos que siempre tienen su vanguardia en el bien común.

Nada se parecerá a nuestro pasado. Los errores que siempre aparecen en la sombra de nuestra historia lo hacen con el velo oculto del presente novedoso. Será por ello que pocas veces somos capaces de identificar los desaciertos que sufrimos y que formarán parte, nuevamente, de nuestra memoria, frágil en los hechos y resistente a excesivos sentimientos. Mientras tanto, los necesitados de medidas urgentes seguirán lidiando con la contradicción de quienes apelan a seguir salvando demasiadas banderas.

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