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Desde el silencio

  • Published in Sara Martinez

Llegamos a una semana más de confinamiento, todavía con la comprensible duda del día siguiente sobre la manera adecuada de doblegar este derrotero.

Debo reconocer que poca sorpresa me ha provocado tanto la responsabilidad de la mayoría de mis conciudadanos como el despropósito de algunos amantes de la patria, que no han cejado en este panorama global tan dramático para seguir haciendo de lo suyo en esta tierra que tanto nos acalla.

Tanto es así, que en consonancia con mi espíritu, y tras los incesantes llamamientos a manifestaciones sonoras desde los balcones o ventanas, he hecho un silencio solidario por tantos otros que siguen de incógnito esperando noticias de los suyos en esa casa común que ya son nuestros hospitales. Me sonroja observar la comparativa entre la prensa nacional y los tabloides, a modo de metáfora, de los informadores franceses y mucho más de los italianos. Las diferencias son pasmosas, tanto en el tratamiento informativo como en la opinión de sus plumillas. Y me queda el pensamiento ácido de cómo evaluarán esos colegas de profesión la roñería de los todólogos que proliferan por doquier en este mi querido país.

Será por aquello que decía ya en el siglo XVIII el genial escritor Samuel Johnson: “El patriotismo es el último refugio de un canalla”, y no lo malinterpreten. En estos tiempos, y en los de hace unos meses e incluso años, nuestra patria ha quedado aislada de sensibilidades y debates constructivos que nos ayuden a progresar desde el acercamiento, creando, en cambio, lamentables cuevas donde refugiar la canallesca más absurda sobre lo que hemos sido y hacia donde queremos ir. Convengamos que esas cuevas llenas de patriotismos ruidosos son las más cómodas para pasar el invierno de la invención y la obstinación de los posicionamientos políticos.

Y en esas estamos, con parlamentos medio vacíos, donde el silencio gana posiciones a este alboroto de miedos y desdichas que vivimos y que, desgraciadamente, seguiremos viviendo. Mientras la población se confina por mandamiento vital, el juego político sigue achuchando a un gobierno al que, sin lugar a dudas, se le debe criticar para que supere los desaciertos en beneficio de toda la población. Pero para ello no se pueden utilizar cínicamente argumentos acusadores en un alarde de funambulismo dialéctico por quienes hace sólo quince días se servían de esos mismos argumentos para criticar todo lo contrario, tildando de exageradas las posibles medidas excepcionales sobre algo que todos, absolutamente todos, calificábamos como una gripe cualquiera.

La realidad siempre nos sorprenderá, pero en nuestra responsabilidad ciudadana también está el reconocimiento de lo que hemos sido cada uno de nosotros. En cambio, nuestro absurdo nacional sigue enrocado en algo tan nuestro como el mendaz “ya lo dije yo primero”, pero, en cambio, no arrimamos en hombro contra las posiciones de esos llamados socios europeos que, una vez más, anteponen sus estereotipos de país a esa quimérica pannacionalidad tan poco querida como la vieja Europa.

Algo de anticuado tenemos en esta nuestra tierra, demasiado llena de estacas entre nosotros mientras el mal amigo acecha a nuestras puertas. Algo de deslealtad persigue siempre nuestro destino para seguir queriendo ganar lo que perdemos de la mano.

Mientras tanto, muchos de nuestros vecinos y vecinas siguen en ese silencio que fecunda al final de cada jornada. Estarán aquellos que probablemente se esfuercen en tener más tiempo para rearmar su conciencia, aquellos que no hicieron mucho caso cuando las mareas sanitarias protestaban por una mayor inversión para este sistema que tambalea por estructura, pero que aguanta gracias a esos mismos de las batas que ocupaban nuestras calles. También queda el silencio de todo aquel que urge de estabilidad para estos tiempos, dejando el rabillo del ojo para los tiempos de rendición de cuentas.

Y también está el silencio de muchos que están cansados de tanta política de bajo nivel donde regresa el escarnio burlesco del contrario. Y entre esos silencios, molestados por los propios medios de opinión nacional, quedarán nuestras víctimas, las que ya son de todos, con el silencio hasta para decirles adiós. No son buenos tiempos para el ruido, donde, al final, el mensaje queda dolorido de demasiadas sinrazones para construir alguna salida de todo esto. Tal vez, nos quede una esperanza, tal como decía Cervantes en boca de su rufián dichoso: “al bien hacer jamás le falta premio”. Y en ese premio seguiremos esperando con mutismo de propagandas y con la superación de esta pandemia sin dejar a nadie atrás.

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