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No todo el silencio es olvido

  • Published in Sara Martinez

Fue Francisco de Quevedo, en esos tiempos dorados de creación española, quien dijo aquello de "nadie ofrece tanto, como el que no va a cumplir".

Poco miope de inteligencia era nuestro Quevedo para adelantar un aforismo tan universal de nuestro comportamiento humano. Resulta chocante la situación de dilema continuo en el que nos movemos diariamente en esta aldea global, donde se cacarea mucho pero se explica poco. Vamos rozando los límites de muchas cosas, y parece que poco, o nada, nos preocupa. Y la conclusión es el certero recelo que empezamos a tener de muchas cuestiones de esta patria que amarga en silencio tanta división histórica.

Tras tantos años ya de democracia, deberíamos empezar a pensar que nunca fuimos capaces de retomar nuestro tiempo para saber reponer a nuestra historia nacional cada uno de los capítulos que vivieron nuestros abuelos. Poca reflexión de nosotros mismos podremos hacer a partir de este absurdo pacto de silencio del que tanto alardeamos en este país. No alcanzo a dimensionar hasta qué punto esta omisión continua ha podido marcar nuestra forma de reaccionar ante tantos hechos fracasados que nos hemos tenido que meter en nuestra mochila pública.

Solamente faltaba el aberrante pacto silencioso de los medios de comunicación sobre temas que siempre afectan más a los poderes y sobrepasa a la propia ciudadanía. Hay algo en este presente que cojea por un mal comienzo, una nebulosa existencial que ha ubicado a una parte nada desdeñable de la sociedad en un silente vacío sentimental, cuasi espiritual; y puede ser que haya llegado ya el momento de incoar una merecida digestión liberadora.

Mientras los periodistas más influyentes de este país empiezan a posicionarse entre los bloques de siempre, con sus simpatías y aversiones más contradictorias, los ciudadanos, dueños de ese hermoso y constitucional derecho a la información, acunamos algún que otro deseo esperanzador ante tanta convulsión discursiva.

Reflexionando desde ese conceptismo barroco tan español, parece que en la palabra buscamos siempre tanto ingenio que el concepto se queda a las puertas del aviso real. Y gracias a ello, comienzan los mensajes de campaña, el vídeo más ingenioso para replicar a los contrarios y los tan manidos y vitoreados debates desde cualquier formato parlante que se pueda inventar. Y todo ello para alimentar, una vez más, las malditas hemerotecas, que al final, parece que tampoco importan tanto. Será por ello que, a pesar de tantos pactos silenciosos, cuando se destapan cloacas y corruptelas varias, queda el entredicho del disimulo, de la recurrente doblez del que hace mutis por el foro.

En fin, tiempos singulares que parecen repetirse desde el hastío ciudadano y que nunca obtuvieron un merecido recuerdo en nuestra historia patria. Pero también es cierto que somos un país paciente, muy paciente. Para ello llevamos ese estigma del buen silencio, del que olvida para los demás a pesar de tanto duelo. Lo que no sabemos es el límite del que seremos capaces. Ya lo decía el poeta inglés John Dryden, "tenga cuidado con la furia de un hombre paciente". Y en esos cuidados deberíamos andar todos, no sea que tanta quietud nos deje como estatuas de barro con demasiado fango a nuestros pies.

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