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ADIÓS JULEN...

  • Published in Sara Martinez

Nadie terminará esta semana sin reflexionar sobre otro nombre de niño que se nos quedará siempre en ese recuerdo ingrato de una crónica social con la aspereza del peor desenlace.

Julen, ese pequeño que realizó su viaje hasta lo más profundo de nuestro corazón, termina su estancia en este mundo que tantas veces abocamos al peor de los apelativos.

Y una vez más, la sociedad se envalentona con la realidad y empezamos un bucle entre esperanza y chismorreo, pero todo adornado con esa hermosa solidaridad a la que todas las comunidades, sean de donde sean, se agarran para sobrevivir a la tragedia y al dolor. No es la primera vez, y temo pensar en otras futuras, que asistimos a desgracias personales que al final se convierten en dolor colectivo.

Nuevamente, asistiremos a la saturación monotemática de horas y horas televisivas, con cascadas de conexiones en directo para mayor gloria de ese ejército de micrófonos que siempre se agolpan alrededor del señalado, momentáneamente, como protagonista; tertulias apasionadas que destriparán el más mínimo dato por muy nimio y poco contrastado que éste sea, que ya se encargarán los propios medios de darle la relevancia y el enfoque que mejor se adecúe a sus intereses; y jalearemos, como no, todas las especulaciones posibles en las redes sociales. Todo bajo el palio de sentimientos encontrados que harán de altavoz de este desmedido tiempo de la comunicación ultra abierta.

Me sorprende que para disimular ciertos excesos desde la pendiente informativa, nos autojustifiquemos con lo grandes que somos como país cuando queremos. Y me sorprende porque no es ninguna novedad que, cuando apretamos los dientes, los seres humanos somos capaces de los mejores imposibles de nuestra vida. Tanto que nos hablan sobre la individualidad que nos caracteriza, es posible que no hayamos degradado tanto nuestra condición como personas y sigamos siendo capaces de mirar a nuestro lado. Ya lo decía el poeta Alessandro Manzoni "Haced el bien a cuantos más podáis y os sucederá frecuentemente hallaros con caras que os infunden alegría". Posiblemente, de eso se trata, de inspirar lo mejor que tenemos para compartir con el prójimo, sin que medie por ello ninguna condición de origen, de raza o religión.

A pesar de estos finales, que no por esperados son menos desoladores, volveremos a lo cotidiano en este devenir que nos toca. Quedarán los anhelos y el aprendizaje de lo necesaria que es nuestra vida en colectividad. De las consecuencias de nuestras acciones individuales hacia otros. Que es bueno respetar nuestras normas para la protección de todos y que cuando hagamos algo sea con todas las garantías de seguridad. Con ello, también demostraremos día a día el gran pueblo que podemos llegar a ser.

Me quedo en esta ocasión con el duelo intransferible de la familia, los amigos, los vecinos, todos aquellos que serán quienes notarán la ausencia, esa maldita ausencia que todos sabemos que se hace tan presente. Podríamos hacerlo con cientos de frases para poner epílogo a este infortunio, pero el filósofo y teólogo Jean-Yves Leloup nos regala una visión vital para todos: "La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente". Descansa en paz, Julen.

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