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Anclando mentiras

  • Published in Sara Martinez

Este año recién estrenado ya presagiaba que íbamos a tener mucha teoría patriótica para ir calentando motores ante todo lo que se nos viene encima.

Ya lo decía el creador de El Príncipe y el mendigo, Mark Twain, "es más fácil engañar a la gente que convencerles de que han sido engañados". Y en esa disyuntiva andamos. Entre creadores de esperpentos políticos, a cual más grotesco, y una posverdad diaria que nos deja anclados en una inquietante espiral de silencio.

Solucionado el problema de gobernabilidad que tanto turbaba nuestro desayuno informativo, volvemos a las andadas entre escuchas de expolicías y este cansino monotema de Cataluña que al final salpica de ánimo resbaladizo cualquier andanza hacia algún camino. Sinceramente, no sé qué camino, pero que se inicie alguno, aunque sea para darse la vuelta.

Menos mal que nos llegó también la siempre espectacular ola de frío polar, que a pesar de su visita anual, siempre nos deja ese reportaje mediático para casi todos los puntos de nuestro país. Buena oportunidad para cautivarnos con nuestra diversidad propia y lo que nos hace tan diferentes a otros. Por algo España es el tercer país del mundo con más bienes declarados Patrimonio de la UNESCO. Para ello, hemos gozado de siglos de culturas diferentes, con asentamientos diversos, con lenguas propias que resumen formas heterogéneas de vivir y evolucionar, esa hermosa consecuencia de saber convivir entre siglos de historia.

Creo que nunca hemos sido mejores que cuando hemos alardeado de solidaridad, de coexistencia y concordia cultural. Y a pesar de tanto recorrido histórico, parece que en algún momento nos han redireccionado hacia desencuentros que en nada van a mejorar nuestra estirpe. No sé si, como dicen los sociólogos, hemos avanzado en ese descrédito hacia todo lo que nos dicen para quedarnos en esa mentira permanente a la que ya no hacemos frente. Escuchaba a un dirigente político decir que los medios de comunicación manipulan y mienten, y que, por ello, eran traidores al pueblo. Palabras de ese tipo en boca de algunos que inventan numerología para su propio beneficio discursivo, llegan a sonrojar hasta al propio sofá donde declinamos nuestra atención.

Volvemos a las palabras gruesas que hacen muchos titulares pero no explican el contenido noticioso. Deberíamos establecer, como hace Alemania desde 1991, y buscar cada año la palabra o expresión más difamatoria o eufemística que socava la dignidad humana y los principios democráticos. El jurado de lingüistas alemán lleva una buena veintena de ellas, y de todas tenemos referencia en nuestra actualidad española. Si el año pasado fueron hechos alternativos para defender datos falsos de algunos contrincantes políticos, también nos sonarán otras como traidores del pueblo, buenismo o prensa de la mentira. Reconozcamos que las tenemos todas.

Con todo ello, lo importante, como siempre, serán los hechos, los que nos descubren el verdadero hacer y sus consecuencias. Y en ese hacer, recordar que sigue habiendo miles de formas para solucionar miles de problemas. La unidireccionalidad nunca ha traído buenas cosas. Ya nos lo decía el psicólogo humanista Abraham Maslow con su aforismo: "Cuando tu única herramienta es un martillo, todo te parece un clavo". Lo malo de nuestra realidad es que seguimos pensando que un clavo quita a otro clavo. Y así pervertimos nuestro tiempo limitado, escapando de los días, diferentes en esencia, sin pararnos a observar a quien de verdad tenemos al lado.

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