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El refugio del incompetente

  • Published in Sara Martinez

Tal vez una de las reflexiones imprescindibles de Eduardo Galeano sea aquella de que “la violencia engendra violencia, como se sabe; pero también engendra ganancias para la industria de la violencia, que la vende como espectáculo y la convierte en objeto de consumo”.

Toda una advertencia para estos tiempos en los que comercializamos como en un gran marketplace todo lo denigrante de lo cotidiano para hacerlo universal. Y como en todas las exhibiciones, cada uno consume los sentimientos más arraigados a esa conciencia política personal pero que tantas veces se transfiere en cascada a la política general desde los mensajes de bandera que hacen imperecedera esta desazón patria que desangra demasiado futuro para interpelar pasados de dudoso gusto.

No es la primera vez que alguien termina entre rejas por creaciones más o menos artísticas de mejor o peor gusto, y que eso, considerándolo desde una perspectiva básica de la libertad, poco nos iguala a los preceptos de sociedades democráticas a las que aspiramos desde que iniciamos nuestro quehacer ciudadano diariamente. Justificar estas acciones jurídicas maximalistas reabre caminos de exculpación de esa vieja historia perenne de nuestro país, donde las leyes siempre existieron y la manu militari para su cumplimiento, también. En esta patria nuestra hemos jugado a demasiadas zancadas en lo que a prometer se refiere, pero reconozcamos que los trancos legislativos han terminado en exceso entre las arenas movedizas de la diatriba política de turno a pesar de quedar incrustadas a la fuerza en el articulado constitucional. Tanto es así que ahí andamos con los tribunales europeos a la zaga sobre demasiados errores y falta de legalidad.

Y como en tantas otras situaciones que vivimos como sociedad, la violencia en nuestras calles refrenda una situación de suma y sigue de demasiadas cosas sin resolver en este querido país. Rezuman justicia para reordenarnos nuevamente en esos bandos que desde su extremismo se encuentran abrazados, al final, en las antípodas del resto de los mortales. Tampoco arreglan mucho el panorama las no pocas intervenciones de quienes legalmente pueden acceder a eso tan peligroso como es la violencia para salvaguardar a la sociedad, se supone, de la furia de unos pocos. Podría entender las acciones en la mayoría de los casos, pero admitamos que al igual que en el otro bando hay excesos que no deberíamos justificar por aquello de corregir y vigilar una acción tan importante como la seguridad colectiva.

Mientras tanto, los medios de comunicación resuelven fácilmente el grotesco espectáculo que describe Galeano centrando el objetivo de la violencia en la furia desmedida de la parte que les resulta, por afinidad ideológica, más antagónica, creando ese desapegado e irreflexivo coloquio del enfrentamiento a pesar de que todos los protagonistas, siempre, tienen nombres y apellidos.

Demasiada razón tenía el bioquímico y escritor Isaac Asimov cuando alegaba que “la violencia es el último refugio del incompetente”. Y desgraciadamente llevamos demasiado tiempo envueltos en esta ineficacia social donde el argumento más estúpido consigue el alboroto necesario para predecir demasiados futuros desconcertantes de esta pobreza de presentes.

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