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Pensamientos autoconfinados

  • Published in Sara Martinez

Parecía que algo habíamos aprendido de todo este reciente tiempo pasado.

Desde la solidaridad hasta la inteligencia emocional de respetar más allá de nosotros mismos. Un espejismo. Apostamos en ese delirio de recibir un nuevo año por la insolencia de empujar lo que fuimos con el mayor desprecio posible. Quisimos retomar nuestras andanzas con las justificaciones oportunas para creernos que nosotros regresamos a nuestros lugares por encima de las posibilidades vitales.

Resultado, volvemos a la realidad con los suspensos en el bolsillo. Coincidiremos en que a día de hoy hay más desinformación precisa y contrastable por diversos medios sociales que información verificada. Hemos convertido nuestro acceso al día a día en una selva contradictoria donde el ruido ensordece la estimable reflexión de lo que estamos viviendo. Y si escudriñamos nuestros quehaceres con la realidad, poco le fiamos a los medios de comunicación para llevarlos al campo de las trincheras y envalentonarnos con el mejor postor.

Algún erudito de las artes políticas refrescó hace tiempo sus estrategias para posicionar como eje principal la confrontación entre la capitalidad de nuestro país con el resto. Y debe estar aplaudiéndose con las orejas por el éxito obtenido, porque si la pandemia ha provocado muchas cosas, de entre ellas destaca esa polarización que llevamos sufriendo hace meses entre los de la “capi” y el resto.

Todo un paradigma que envuelve está deteriorada realidad con el manto infinito de la irrealidad apocalíptica. Mientras desde todos los colores se le reprocha a algún ministro centrarse en las futuras elecciones catalanas, otros se dedican metódicamente a hacer oposición al gobierno central en medio de una pandemia desbaratada por los efectos de una borrasca que con nombre y apellido ha dejado un estercolero de falta de organización y medios para superar la vida cotidiana de todos los capitalinos.

Entretanto, tenemos que aguantar que nos den el resultado de nuestro comportamiento colectivo a sabiendas de que, como buenos pupilos, ya conocíamos de antemano la deprimente puntuación obtenida. Probablemente no nos quede otra opción que empezar a tomarse en serio aquello del deber de mejorar a falta del evolucionar adecuadamente. Es cierto que siempre, en todas las crisis, la facilidad de endosarnos a la gran masa poblacional la responsabilidad de las desgracias es un buen latiguillo para redireccionar hacia el vacío las obligaciones de quienes gobiernan y tienen los deberes por hacer. Siempre ha ocurrido lo mismo, y parece que repitiendo estrategia nos volverán a tener bajo la duda de la desesperanza.

Decía León Tolstói en su desgarradora “Anna Karénina” que “al socavar a demasiada profundidad nuestras almas, nos exponemos a tocar lo que tal vez pasaría inadvertido”. Y puestos a sacar algo positivo de lo que vivimos, pudiera ser la mejor enseñanza para este vivir de incertidumbres el reencontrarnos con ese interior que llevamos de mochila sin percatarnos de todo lo que vamos acumulando. Toda una tentativa para empezar a sacar lo mejor de nosotros mismos en este mundo excesivamente desquiciado de histriónica desconfianza, para advertir todo lo ineludiblemente necesario que podemos encontrar. Más que nada, para no tener que volver a terminar otro año con un sonoro portazo de incredulidad.

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