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El opúsculo de la mentira

  • Published in Sara Martinez

Ya decía el ensayista escocés John Arbuthnot, a mitad del siglo XVIII, que "La falsedad tiene alas y vuela, y la verdad la sigue arrastrándose, de modo que cuando las gentes se dan cuenta del engaño ya es demasiado tarde".

Y con ese tirar de nosotros mismos y nuestra historia seguimos avanzando en este tiempo perecedero que nos ha tocado. Hay que reconocer que la gente, en su mayoría y en algún instante, cae en la cuenta del embuste facilón con el que lidiamos demasiados días entre lo que nos cuentan y los que se dedican a desgranarnos con epistolares opiniones el minuto y sus segundos de todo lo que acontece a nuestro mundial alrededor. La historia universal está llena de grandes mentiras como origen de cambios sociales y políticos, dejando la verdad sometida a la justicia del tiempo, que, en definitiva, es la única ley que nos pone al final a cada uno en su lugar.

Retomamos el curso político a bandazos de declaraciones excesivamente imperativas para los tiempos que vivimos. Asumimos el error de convertir en un todo las pequeñas partes que distorsionan la generalidad para ofrecernos una imagen desoladora de lo que nos rodea y que se torna irremediablemente adverso. Será como decía Arbuthont en “El arte de la mentira política”, que mantenemos esa disposición fisiológica al engaño para proclamarla como “el arte de hacer creer al pueblo falsedades saludables con un buen fin”.

Toda una certera conclusión para encontrarnos con esa eterna justificación que utiliza cualquier medio para conseguir la finalidad que conviene a unos en contra de otros. Obtener lo que queremos a pesar de mentir desde la calumnia o por la exageración de las realidades y sus responsables o, simplemente, mentir para trasladar los buenos quehaceres públicos a quienes encajan en nuestro puzzle ideológico en cada momento. Estamos demasiado acostumbrados a levantar estatuas de latón en nuestras calles a pesar de tenerlas descascarilladas de injusticias y deslealtades.

De alguna manera, nos acostumbramos a seguir arrastrando ese lastre de la incertidumbre de lo que dicen unos y otros. Para las legiones de sus fieles seguidores será suficiente para acompañar el vuelo de sus líderes. El resto seguirá arrastrando los pies buscando algo de luz entre tanta muchedumbre de descrédito. Poca credibilidad ante cualquier cosa que nos cuentan desde la infinitud de la comunicación global.

Algo que, posiblemente, también hemos alimentado aquellos que amamos la profesión de informar bajo el blasón del derecho constitucional, dejando que la verdad siga arrastrándose en un intento de supervivencia. Lo decía otro teórico de la mentira política, Jonathan Swift, al insistir que “al igual que el más vil de los escritores tiene sus lectores, el más grande de los mentirosos tiene sus crédulos: y suele ocurrir que, si una mentira perdura una hora, ya ha logrado su propósito, aunque no perviva”.

Nada ha cambiado demasiado en tres siglos para llegar a nuestro presente. Excesiva algarabía en lo público para representar las verdaderas necesidades de los individuos y construir algo más que un presente demoledor que nos deje, una vez más, un opúsculo de tardíos engaños.

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