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La Mercancía del Género

  • Published in Sara Martinez

Ya lo indicaba mi querida y leída Virginia Woolf cuando ya a principios del siglo XX, empoderada desde su propia capacidad profesional, se asombraba de lo difícil que era la aceptación del feminismo en la sociedad que compartía.

De ahí esa hermosa reflexión de que “la oposición masculina a la independencia femenina es quizá más interesante que la independencia en sí”. Al fin y al cabo, y guste más o menos la reflexión, el problema de la desigualdad ha sido y sigue siendo una cuestión de género, más allá de diferencias sexuales, porque ahí radica el concepto social de funciones y actividades que son convencionalmente atribuidas a cada uno. Y ahí es donde encontramos el problema, desde la violencia hasta las oportunidades vitales. Este es el necesario cambio de comportamientos estancos tan acordes con las condiciones sociales de cada momento y tan olvidados de todas las revoluciones.

La construcción social que se hace en cada época sobre el género ha sido, precisamente, la asignatura pendiente de esta civilización con las mujeres del mundo. Y ese concepto es el que ha herido más gravemente la historia de miles de ellas que han luchado día a día por tener su habitación propia, como bien reivindicaba mi estimada Woolf.

Vivimos una etapa histórica donde han empezado a moverse ciertos pilares que parecían ya arraigados en el suero de nuestra cultura. Desde el convencimiento sobre la igualdad entre las razas y culturas, desde la paridad entre hombres y mujeres, para terminar con el necesario respeto entre la diversidad de ideas y pensamientos.

A pesar de contar con inmejorables sistemas de comunicación, de tener mayoritariamente una capacidad básica para leer o escribir, nos encontramos con un tiempo contaminado de demasiada sobreinformación y, en algunos casos, con excesivos paradigmas de manipulación colectiva. También es cierto que día a día hemos ido perdiendo esa exigencia de saber, de contrastar, de argumentar nuestro propio pensamiento, algo que necesariamente debería preñar nuestro compromiso individual para enriquecer esa comunidad invisible que nos hace tan dependientes de todos y de todo.

Llevamos demasiado tiempo en este nuevo siglo simplificando lo bueno y lo malo, con inmoderados estereotipos antiguos que resucitan ciclos históricos preocupantes desde la realidad de lo que fuimos y de lo que queremos construir. Debe ser que, de alguna manera, la inestabilidad social y económica hace resurgir ese miedo tan humano por un futuro que, por obligación vital, nunca alcanzaremos. Y en esa turbación, tan propia del ser mortal y efímero que somos, nos encontramos.

Eso sí, bien acompañados por los salvadores de siempre. Los que siguen prometiendo la seguridad de los tiempos pasados a costa de torpedear el camino de aquellos y aquellas que hicieron parte de ese pretérito que recibimos en herencia. Los turiferarios de este nuevo frentismo hispánico, elevado ya a la categoría de lo corriente, tan patriotero, nos van a dejar un barrizal desbordante donde hundiremos nuestros pequeños zapatos, para luego, después de tener que abandonarlos irremediablemente, reprocharnos con todo el desparpajo del mundo que vayamos siempre descalzos.

Son malos tiempos para el debate y el respeto. Son injustos estos días para la escucha sosegada del diferente y el contrario. Son circunstancias difíciles para entonar la armonía de la conciliación entre tanta diversidad. A pesar de todo, los minutos de esta vida seguirán pendientes del tic-tac de nuestra respiración bajo el aliento de todo aquello que nos rodea. Lo peligroso es que en cualquier momento escucharemos el suspiro del tiempo perdido entre demasiadas viejas batallas, que de tan nefastas, nos harán volver a cerrar los ojos y dolernos de otra buena e imprescindible oportunidad perdida.

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