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Las 21 habitaciones

  • Published in Sara Martinez

“Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una a una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro”.

Así es el inicio del Diario de Invierno de Paul Auster, un acercamiento autobiográfico a las señales vitales de la vejez. Porque, que levante la mano, y sólo levantarla, quien no se ha complacido a sí mismo pensando que hay cosas que nunca le pasarían, y que el destino, el karma, la vida en general, se han preocupado de evidenciárselas.

Estamos en los momentos más duros de esta peligrosa pandemia que sabe de esclavizarnos en casa como única solución a esta propagación casi infinita de virus y de reacciones grupales. Reconozcamos que nos sigue faltando esa actitud colaboracionista de hacer lo que, por una vez, nos piden a todo el conjunto de la población. Buscamos la picaresca para seguir protagonizando irresponsabilidades porque alguno sigue pensando que a él nunca le pasará nada.

Actitudes nada extrañas, porque en nuestro complejo político continúa esa gresca cotidiana donde el punto de inflexión está precisamente en que a los otros nunca les pasaría nada de lo que le ocurre al gobierno de turno con sus decisiones. Nadie recordará los hilillos de “plastelina” que masacraron la costa gallega y provocaron una de las peores epidemias de nuestras costas. O la crisis del ébola que nos pilló en medio del verano y que a pesar de la alarma de la OMS nadie tomó ninguna decisión hasta que tuvimos que repatriar a ciudadanos que se encontraban en medio de la epidemia africana. Nadie piensa que podríamos sufrir lo que otros llevan décadas sufriendo.

Somos una sociedad tan especulativa que reordenamos nuestro funcionamiento a partir de banalidades basadas sobre que lo malo o lo indecente siempre llega de la mano de los demás. Para mejorar esta autarquía espiritual, nos suministramos del chascarrillo de nuestras redes sociales para seguir alimentando esa entereza complaciente de lo que pensamos y seguir encabronados con quienes nos interesa.

Llevamos una semana de estado de alarma con el aplauso a un colectivo que siempre ha estado ahí, y a quienes, sin embargo, no les hemos hecho mucho caso cuando llevan lustros demandando más medios, más inversión y más personal. Nadie se acordaba de la necesidad de respiradores, ni de camas para las unidades de asistencia intensiva o alas de hospitales cerradas desde hace años. Haciendo una reflexión sincera de este último mes, nadie se alertó seriamente de lo que pasaba en China o Irán. Tampoco nos quitó el sueño la situación en Italia y, sinceramente, nada nos alarmó con los primeros casos importados a nuestro país. La realidad siempre supera la ficción y en menos de una semana nos vimos protagonizando lo que otros países ya habían sufrido. Una vez más, podemos decir que ni tenemos políticos visionarios ni nosotros sabemos de esas habilidades.

Con el tiempo que le podemos ganar a la vida en este confinamiento decretado, sería importante ir recorriendo las 21 habitaciones por las que el propio Auster descamina, en ese tiempo invernal, sobre la reflexión de lo que hemos sido. Nadie nos garantizará no encontrar pecados y errores para saber asumirlos, pero posiblemente nos de la oportunidad de retomar una nueva primavera. Por la ventana, siguen oyéndose los pájaros que antes, con tanto trasiego, ni sabíamos que estaban ahí.

Parecerá una metáfora donde la naturaleza nos enseña que nuestra vida sigue siendo infinitamente imperfecta, pero que, una estación más, nos anima a apostar generosamente por ella. Como dice el enigmático escritor del invierno, “ante realidades extraordinarias la conciencia toma el lugar de la imaginación”, porque en nuestra conciencia sigue esperando la responsabilidad de ser mejores.

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