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A vuelta de todo

  • Published in Sara Martinez

Alguien me dijo una vez que la vida estaba hecha de tiempo.

Ese sigiloso compañero que vamos perdiendo en cualquier sitio pensando en ganárselo a la vida. Mucho preocuparnos del envoltorio para despreocuparnos de la esencia del interior. Algo de ello tiene nuestra vida colectiva. Llena de envoltorios de fiestas, acontecimientos, celebraciones, vacaciones, jornadas laborales, viajes de negocios... sin darle un respiro al minuto o al segundo que se escapa de nuestras manos. Por lo mismo andan nuestros representantes políticos buscando su minuto de oro a expensas de otros tantos de olvidos, inquietudes sociales y crisis de sectores acuciados de futuro.

De alguna manera nos hemos acostumbrado a recibir los mensajes más facilones a pesar del vacío de contenido y bien empaquetado de simpleza. Tener que visualizar portadas de periódicos esgrimiendo argumentos tan populistas como la vuelta al anacronismo político, nos puede dar una idea de en qué momento tan pobre de ideas y futuro nos encontramos.

Nuestra querida patria sabe del chiste y la gracia antes de que se pusieran de moda los memes cibernáuticos, y somos bien sabedores de utilizar el humor para zancadillear a quien quiera censurar la palabra, aunque en estos tiempos no lo apliquemos con la contundencia necesaria por aquello de, paradojas de la vida, la autocensura temerosa. Tanto nos hemos valido de los envoltorios que, a día de hoy, nos cuentan una patraña y nos dejan vendida la verdad a cualquier postor, o impostor.

A pesar de creer que nos íbamos a olvidar de las urnas por una buena temporada, la intensidad de nuestra política nos deja siempre con mucho tiempo de asueto sin concluir. Ahora vendrá Galicia y Euskadi, mañana Cataluña, y todo bien aderezado con las decisiones de los martes, que en algo hemos ganado de novedad, por aquello de los viernes de dolores. Decía la genial Agatha Christie que “No hay nada más agotador en el mundo que la persona que siempre tiene la razón". Debe ser por ello por lo que andamos excesivamente postrados de cómodos estereotipos y lo único que nos demandan es el asentimiento y el convencimiento de reconocerlos como el barquero de las únicas verdades existentes.

Y así vamos adornando nuestros propios fardos, perdiendo nuestro particular tiempo que siempre es algo más que el movimiento insistente de las agujas del reloj. Una constante dejadez de compromisos en los principios que nos sacuden la existencia y que servirá de acomodo para el inicio de otras generaciones. Nuestro tiempo seguirá siendo perecedero, pero también quedará como el único que pudimos vivir, y rellenarlo de razonamientos sería lo mejor para estirar el lazo y descubrir que fuimos capaces de beber la vida construyendo algo que nos pueda diferenciar de nuestros propios y pasados errores.

Recordando a Machado, un año más desde su partida, consideraba que “Los que están siempre de vuelta de todo son los que nunca han ido a ninguna parte”. Quizá sea precisamente esta nuestra actitud, tan sabedora de todo, para seguir esperando en ninguna parte con el palito del caramelo en la mano, pero sin caramelo.

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