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Un Pin a la escuela

  • Published in Sara Martinez

Recordaba estos días una película referente de nuestro cine español basada en un hermoso cuento de Manuel Rivas, cuyo propio título engrandece la historia: “La lengua de las mariposas”.

En concreto, cuando el pequeño protagonista, Moncho, tras dudar de las opiniones contrarias entre su padre y su madre sobre ese misterio que siempre nos acompaña ante la muerte, le pregunta al profesor Don Gregorio aquello de “entonces, cuando uno se muere ¿se muere o no se muere?”.

La genialidad del momento se plasma con la breve respuesta del profesor: “¿en su casa qué dicen?”. De alguna manera esta escena representa esas dos patas importantes de nuestra formación, la de instruir y la de educar. Y ambas pertenecen a ámbitos diferentes. Mientras la escuela instruye a su alumnado para proporcionarle conocimientos, habilidades, ideas para darle una formación, en la familia se educa, se desarrollan las facultades intelectuales, morales y afectivas de una persona. Cuántas veces he escuchado del profesorado que conociendo a un niño o una niña, saben del perfil de sus padres.

Con todo ésto, nos despertamos con un pin parental que debo reconocer me resultó tan extraño que pensé en una contraprogramación al famoso pin antifascista que tanto revuelo causó a cuenta de que a alguno de los miembros del nuevo gobierno se le ocurrió llevarlo en la solapa. Indagando con curiosidad, y más cuando se han iniciado rocambolescas campañas para la aplicación del 155 a la región de Murcia, mis valores familiares por buscar información me impulsaron a indagar qué estaba enfurruñando a medio país.

Y es que esta tierra nuestra sabe cómo entretenerse con piruetas alarmistas para dar de comer a más de uno. Ya sabemos que esa ley de leyes que tanto protagonismo ha tenido en los últimos meses, no carece del desconocimiento propio por aquello de que lo damos por supuesto. El artículo 27 nos reconoce ese derecho, a la libertad de enseñanza, con el objetivo en el desarrollo pleno de la personalidad humana de acuerdo a los valores democráticos y derechos y libertades fundamentales. Y al igual que pasa con la sanidad pública, el esfuerzo realizado por este país para contar con una completa red educativa de centros públicos debería llenarnos de orgullo, un esfuerzo que debería garantizar generaciones instruidas que mejoren los valores educativos en su futuro personal. Cierto es que la realidad nos da siempre una de cal y otra de arena.

Como en todo, siempre existirá el que desaprovecha su vida o, también, el que no contará con un ámbito personal que refuerce necesariamente esa formación colectiva de la que no serviremos en nuestra vida diaria. Entre los diez mandamientos para educar a un hijo o una hija se encuentra aquello de “no decidas por ellos”. Y parece que algunos sectores empiezan a aplaudir la posibilidad de decidir por cuenta propia qué se tiene que enseñar, a la carta, en las escuelas, ese centro universal de conocimiento donde lo más importante es la libertad de poder hablar y preguntar de todo para discutir de todo.

Porque la escuela, nuestra escuela actual, no la conforman solamente los profesores y el alumnado. Están las asociaciones de padres, los consejos escolares, los inspectores, los claustros... Todo ello para conformar libertades dentro de los valores educacionales democráticos. Poner un pin en la vida educativa significa restar opciones de algo tan importante como compartir ideas, discutirlas y crear opiniones personales. Limitar estas opciones universales sólo nos llevará a sesgar la realidad y hacernos más sectarios.

Siempre existirán excesos por cualquiera de las partes, pero para ello están, o deberían estar, los resortes que nos ayuden a mejorar la experiencia más importante de nuestra vida que es ir a la escuela. Qué hubiera sido de nuestras reuniones familiares sin la posibilidad de discutir sobre algo que escuchaste en el cole, promoviendo muchas maneras de pensar y de convencer. Demasiadas apariencias para demostrar lo que somos que ahora necesitamos de un pin para educar.

Retomando la conversación entre Moncho y Don Gregorio, el profesor, enamorado de cualquier bicho que vuela, le pregunta: “¿Y tú que piensas?”. Moncho cabizbajo le responde: “Yo tengo miedo”. El viejo profesor, sin dejar de mirar las mariposas, le contesta: “¿Es usted capaz de guardar un secreto? Pues, en secreto, ese infierno del más allá no existe. El odio, la crueldad: eso es el infierno. A veces, el infierno, somos nosotros mismos”.

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