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Entremeses

  • Published in Sara Martinez

Durante esta semana, por estas tierras que respiro, se han celebrado diversos eventos, tan necesarios y, a veces, efímeros, sobre esto de las verdades, las mentiras y el periodismo.

Esta profesión, piedra angular de democracia y derechos públicos, siempre estará en el ojo del huracán de los tiempos. Decía recientemente el historiador Javier Cercas que “ya no basta con decir la verdad, también hay que destruir la mentira”.

Difícil entremés para alimentar esta fiesta democrática en la que nos encontramos inmersos. Una teoría que no es nada alentadora ante la oferta informativa de la que gozamos. Es cierto, aún así, que parece difícil aplicar este método al periodismo, tan estrecho en costuras y con demasiados desdoblados en las orillas. Muy al contrario, en la actualidad nos encontramos con el ejercicio de dejar opinar sin refutar a cualquiera de los aliados cromáticos de ideologías y partidos, en pro de la libertad de expresión, y aprovechar  para demostrar, eso sí, la equidistancia de cualquiera de ellos.

Una fórmula que cada día gana más desencuentros con la opinión pública y, paradojas de la vida, más distancia con toda la ciudadanía. Tanto es así, que cuando hace un par de años comenzaron los proyectos de fact checking en nuestros país, como en el resto del mundo, más que conseguir una creciente adaptación a un mensaje más certero de lo que pasa, comienzan a ser cuestionados por los sabedores interesados del argumentario matutino preferente, reiterándose incesantemente en cualquier micrófono que se les ponga por delante, aunque sea con el chirrido de la falta de verdad. Será porque, de alguna manera, hemos olvidado algo que ya dijo el bueno de Jesús en sus andares por tierras de Samaria o Galilea, “la verdad os hará libres”. Pero claro, el pago a tanta verdad es evidente que no todos están dispuestos a asumirlo.

Mientras tanto, la política de este país, entre funcionalidad y ansiedad de posicionamientos, se recrea con conversaciones, nuevas mayorías aglutinadoras, efectismos diarios e interpretaciones de todo tipo. Tampoco faltan esos poderes económicos y financieros para triturar las decisiones de los votantes en miedos y líneas rojas para lo que tenga que acordarse.

Mal andamos cuando quienes ya, igualitariamente al resto, votaron, interpelan con su ambición, en una suerte de segunda vuelta, por encima de la decisión mayoritaria del resto. La democracia sigue siendo el mejor de los sistemas para equilibrar poderes ante el futuro de todos. Unas veces convencerán más a los dueños de las atalayas, y otras apostarán por esa mayoría silenciosa que construye futuro muy por debajo de esas torretas de poder.

A pesar de estar ya en tiempo de descuento de este viejo año, no debería desaprovecharse ni un minuto de las horas de reuniones para esclarecer con responsabilidad el resultado de una nueva legislatura, que responda no sólo a la aritmética, sino a la voluntad de crear mayorías que amasen una nueva época. Por nuestra parte, la sociedad civil, más allá de sus peculios, ya hicimos lo que teníamos que hacer, y en base a ello nuestros representantes tienen la obligación de resolver.

Decía el filósofo Ortega y Gasset que “algunas personas enfocan su vida de modo que viven entre entremeses y guarniciones. El plato principal nunca lo conocen”. Y puede que algo de ello nos esté ocurriendo en este país, donde pasamos del atracón del “buffet libre” a ofrecernos demasiado “catering” minimalista para dejarnos sin hambre de la comida de verdad. Será porque ella, la verdad, sigue siendo muy cara.

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