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Una despedida para ella

  • Published in Sara Martinez

No hay nada como los tiempos que te marca la vida para dejar de especular con la existencia y llegar a las arenas movedizas de nuestra condición, humanamente tan frágil, y forzar la reflexión a ese mirar sin prisa sobre lo que nos rodea.

En mi caso, todo un mes para compartir tiempo con la dueña de tantas pieles de la vida y de mi alma, para acabar despidiéndole hasta esa eternidad que conformamos con el recuerdo, bendito recuerdo, y la proyección que cada uno hace de ese más allá que parece un aliado apremiante con la realidad.

Mi madre, como tantas, pudo partir en su momento, con el camino bien andado y el pensamiento certero de quien atesoró parte de la historia de una sociedad tan vulnerable como la nuestra. Tuve la oportunidad de comparar tantos días y años vividos por ella, para reflexionar desde su peculiar y autodidáctico sentido democrático, recordándome muchos adjetivos con los que aderezamos nuestra transición tan histórica como desconocida.

Pude saber de sus imágenes grabadas en el tiempo para saber de miedos y duelos antes y después de aquella cruenta e injusta guerra civil que tantos parecen querer blanquear en estos tiempos tan irrisorios de veracidad. Vivir una infancia bélica y una juventud posterior a la contienda, aderezó un silencio en la madurez tan propio de quienes quieren olvidar lo desalmado del destino para poder seguir caminando esta vida que tantos quebraderos nos deja como destino. Posiblemente, la suerte de cumplir años más allá de las medias demográficas consiguió que muchos de esos limitados temores para la reflexión y para el contar desaparecieran de su pensamiento. Por eso, como decía mi madre, con el descaro que siempre ampara la avanzada edad, “que se unan todos para el bien del trabajador, que son los que levantan este país y que dejen de llenarse los bolsillos los de siempre”.

Ella, nada curtida en luchas feministas, posicionaba su interés en sus nietas para que “ningún tipo limitara sus sueños y su libertad”. Escatología pura para unos tiempos de ultratumba donde el grillerío de las redes sociales, y, en muchos casos, de los propios medios de comunicación, acicalan esta endemoniada situación que llevamos sufriendo en esta patria nuestra, “donde, a veces, el coraje no obtiene recompensa”.

Mientras este país vivía nuevamente su fiesta democrática, pude revisar tantas necesidades que, a pesar de tanto festín, todavía y diariamente necesitan de la gestión de quienes deberían estar trabajando en ello. Una sanidad que se desangra de inversiones y que tiene sus picos de efectividad gracias a la vocación personal de sus trabajadores. Unos servicios sociales que cada día cuentan con menos posibilidades para servir de colchón a tantas familias que, de repente, se encuentran con un familiar declarado como gran dependiente, y con el que nadarán entre cientos de papeles bravucones de burocracia para superar situaciones nuevas y difíciles de compaginar. Pero también, encuentras la solidaridad de los hospitales, donde puedes ver todavía la esencia de lo que somos, sin necesidad de colorimetrías ideológicas para encontrar consuelo, fraternidad y acompañamiento.

La vida sigue, como siempre. Nos guste o no, nadie paraliza este tiempo que recorremos. Pero algunas hojas de nuestra historia personal siempre tendrán algún que otro jirón, que con el paso de sus días tornará a cierta serenidad para reescribir todo lo que nuestra capacidad de recuerdo nos proporcione. En ellas, posiblemente, vuelva a encontrar el equilibrio para opinar desde la visión temporal del pasado y argumentar futuros que nunca alcanzaremos.

Despedir a una madre parece el hiperbólico momento de soltar parte de lo que has sido y empezar a ser lo que has podido atesorar todos estos años de sostén maternal. Y me evoca algo de lo que tenemos en la actualidad. Demasiados padres y madres de esta patria terca para enhebrar un mejor presente del que tenemos. Demasiados bulos y desinformaciones para las posibilidades de saber que atesoramos. Pero lo peor de todo, demasiada astucia en los posicionamientos como para crear un presente ordenado que nos devuelva la alegría esperanzadora en lo que todavía tenemos por delante. Seguimos siendo presente, del que seremos todos responsables ante los únicos dueños del futuro; y esos, nunca seremos nosotros.

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