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Los días de la ira

  • Published in Sara Martinez

Andamos algo nerviosos con este futuro cortoplacista en el que nos tienen colgados estos resultados de la soberanía popular, que tan poco o nada se están tomando en serio en este devenir de los tiempos pos-electorales.

Mientras los demás sabemos atravesar sin remisión el suspiro de nuestras vacaciones estivales, alentados por el inicio de un nuevo curso y ponderando nuestros maltrechos recursos, esta carismática clase política eleva hasta el hastío la incapacidad de arrancar un nuevo periodo gubernativo para nuestro querido país. Y no será por la imperiosa necesidad de un comienzo y un desarrollo.

Los aspavientos de la izquierda parecen encaminarse hacia la necesidad de demostrar que la culpa, esa grandísima culpa con golpe en pecho, pertenece siempre al otro, mientras ensayan el entornamiento de ojos más sutil y voluptuoso posible. Por su parte, la enredosa estrategia de la derecha alimenta esa rabia inconsciente y paranoica de tantas pseudocampañas involucradas entre sus propias y particulares tramas especulativas.

Con todo esto, regresan los plazos para la expiración, cada vez más próxima, de otra legislatura que acompañará a otros errores del pasado, pero con menos argumentos que la anterior. Me da la sensación que mientras algunos destrabajan los caminos que tanto nos prometían con horizontes de nuevos tiempos de transparencia, justicia social o confraternización política, otros se encuentran sentaditos en el borde de la acera para ver en primera persona cómo pasa, una vez más, el esforzado cadáver del contrario.

Decía el dramaturgo universal William Shakespeare que "la ira es un veneno que uno toma esperando que muera el otro". Algo de ello ha tenido que calar en el argumentario de estos equipos negociadores, a los que sólo les falta quemar sus engrosadas carpetas de puntos de desencuentro para seguir liderando una fumata negra perenne que acompañe a los pocos días más que quedan para convocar unas nuevas elecciones.

Desde los tiempos de nuestra ya lejana transición, la ira social de años oscuros para la libertad y la justicia reparadora sufrió su particular transformación en esa alegría democrática que comenzaba con la fiesta de las urnas. Ese entusiasmo imperecedero de saberte necesario para culminar en una estructura política responsabilizada en el mejor hacer desde unos programas electorales. Posiblemente los primeros culpables fuimos nosotros, olvidando la letra de las promesas para entrar en el juego de las siglas. Un mal tránsito en atención a tanta diferencia y diversidad que siguen rozando nuestro paso en esta empresa de todos.

Ya decía Séneca que "la ira era un ácido que puede hacer más daño al recipiente en el que se almacena que en cualquier cosa en la que se vierta". Una consideración a tener en cuenta para aquellos que siguen amasando venenos obtusos pensando que la sociedad que los reciba sabrá sacar la visceralidad más errónea en sus decisiones. Y esa dislexia requisitoria hacia unas nuevas elecciones debería asustar a más de uno, no vaya a ser que el que más y el que menos no logre superar la recuperación del suspenso y el veneno se siga esparciendo en su propia casa.

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