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Utopías Distópicas

  • Published in Sara Martinez

Será este tiempo de descanso, con más de lecturas intrascendentes o especialmente colmadoras de alimentos para el alma, que nos acercan a esos pequeños detalles que saben a realidades.

La agenda diaria que tanto nos marcan la política y los medios de comunicación se queda enganchada entre vientos lejanos de playa o montaña. Y ahí se actualiza, como un dispositivo más, nuestra visión propia, la piel con piel con el viandante de al lado y la respiración pausada con el vecino cercano. Tras la noria de vértigo que parece vamos asumiendo con nuestras propias obligaciones, llega el momento del detalle que traiciona toda la mensajería que nos apabulla con los grandes titulares o la dirección del marketing más feroz.

Observar como inmovilizan a un mantero mientras los cuerpos de seguridad miran como hacen su trabajo, los asesinatos casi diarios de mujeres o hijos que saben demasiado a distopía del siglo XXI, organizaciones no gubernamentales que se lanzan a salvar lo más primario que es la vida o manadas de animales racionales que humillan y utilizan la sensibilidad más básica en favor de su propia irracionalidad, te deja con la sensación de tantos retrocesos como intentos de mejora.

Mientras tanto, nuestros responsables de la política parecen encapsulados en una nave espacial dedicados a experimentar con sus gurús más locuaces una nueva nomenclatura vacía de los modos y los usos de eso que llamamos la cosa pública, pero en forma de asesoramiento. La cosa pública, un latinazo que hemos sabido aderezar a nuestro antojo, alejándolo de algo tan comunitario y social como la propiedad de todos.

Será ese uso público lo que condiciona en buena medida nuestra existencia en paz, y será precisamente ese cambio de tornas lo que nos esté acarreando modelos cada vez más alejados de los defendidos por el pedagogo brasileño Paulo Freire, cuando decía que "la solidaridad social y política que necesitamos para construir una sociedad menos fea y menos agresiva, en la cual podamos ser más nosotros mismos, tiene una práctica de real importancia en la formación democrática".

Pobre aprendizaje hemos tenido cuando a estas alturas de la faena seguimos zancadilleando derechos civiles y colectivos para que prevalezcan aquellos de sectores privados que trabajan desde sus propios intereses.

No voy a caer en el error que sufrimos todos los días por parte de nuestros tertulianos de turno, con su teoría de la encuesta colectiva para hablar de cualquier problemática, pasando de las mayorías a favor o en contra en cuestión de minutos.

Pero me siento cercana a quien conozco en su esfuerzo por conseguir un trabajo estable que permita un caminar tranquilo por la vida. O con la mujer que aspira a dejar de ser deslomada fisica y mentalmente y obtener una existencia desnuda de estereotipos y segura con sus cuerpos. Y también con los desplazados de su tierra y sus orígenes, que a pesar de sus infiernos locales llegan a las aguas residuales de la falta de capacidad de una sociedad que mira hacia otro lado ante la muerte y el limbo del futuro.

Y me quedo con viejos, mis queridos viejos que con la curvatura que nos dan los años levantan la cabeza para evidenciar los pobres caminos que nos quedan a otros.

No somos mayoría, o sí. Pero somos imprescindibles para dejar el rebaño y salvar a quien se nos pierde por el camino. Esa utopía solidaria que nos venden tantas veces y que pocas se lucha por ella. Algo de razón, como siempre, tenía Eduardo Galeano, nuestro productor uruguayo de pensamientos, cuando se preguntaba para qué sirve la utopía situándola en el horizonte: "Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte corre diez pasos más. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso sirve, para caminar". A estas alturas, ya no sólo es el horizonte sino la elección del camino que queramos utilizar, no sea que la senda sea recolocarnos, nuevamente, a la posición de salida.

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