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Descalzos de zapatos

  • Published in Sara Martinez

Dijo en una ocasión el primer ministro francés Guy Mollet, en aquellos años 50 del siglo pasado, que “la coalición es el arte de llevar el zapato derecho en el pie izquierdo sin que salgan callos”.

En nuestro país, sin embargo, parece que nuestra clase política se mantiene a sí misma con esa callosidad reseca de expectativas y dolorosa en convicciones. Reconozcamos que buena parte de este país esperaba hasta en el último segundo que se hiciera la luz y, recontando votos, se llegara al inicio de un nuevo gobierno. En alguna de las partes, alguien confundió la luz y el taquígrafo de la transparencia en las negociaciones con las filtraciones siempre interesadas para reservar los tiempos que, una vez más, quedarán por dilucidar.

Nos lo dijeron bien claro los representantes de todas las derechas, que ya podemos decir que tenemos de todas. Jugaban al tronche con el paripé de una izquierda que envidaba al desencuentro, y que, finalmente, se sacaría de la chistera el prototipo de un gobierno de cooperación para aupar una nueva fórmula de hacer política. La realidad siempre es tozuda, y lo único que sacaron es la boina contaminante de la colisión personalísima de ambas partes. Para los correligionarios de las siglas, todo estaba claro.

La culpabilidad es fácil cuando queremos solventar nuestras incapacidades. Sería por ello que allá por diciembre de 1936, en aquel ya agónico parlamento nacional, la diputada Clara Campoamor alertaba con sabias palabras de que “no cometáis un error histórico, que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar”. Algo tan profético y aleccionador que en aquellas servía para defenderse del mayoritario rechazo del derecho al voto de las mujeres, enérgicamente contestado, y que hoy le queda a las mil maravillas a estos tiempos igualmente agitados de bancadas palmeadoras de cualquiera de los bloques que tanto critican algunos.

Mientras tanto, los espectadores de la ciudadanía, a quienes nos dieron el ticket para ir a votar bajo amenaza de ser tildados de irresponsables, nos dejaron con la comida medio fría para pasar directamente al café. Y como pasa en las noches electorales, comenzaron las opciones apresuradas sobre lo que pudo ser y no fue. La clase política siempre tiene esa idiosincrasia de olvidar la chapuza cometida para comenzar nuevas etapas con la misma chapuza.

Como el estudiante rezagado que siempre espera a septiembre a pesar de los riesgos de llegar al límite. Lo malo de todo esto es que, mientras comienzan a darle brillo a las siglas de sus equidistantes partidos, la gente, esa estupenda gente que sumamos un país, nos quedamos descolgados de tanta pancarta y tantas convicciones tipo que no llevan a nada. Y como no, siempre bien editorializados los discursos de las culpabilidades que rayan el agravio al contrario y que dinamitan muchos puentes en el necesario y obligado discurso de la democracia.

Mollet hablaba de zapatos, pero en esta ocasión creo que todos se han ido descalzos a casa. Tiempos de barro y charcos donde lo único que nos dejan son titulares resumidores de pocas hazañas y demasiada oportunidades perdidas. De alguna manera, nuestros representantes no han defraudado y han cumplido ese guión tan nuestro de embestir y no pensar, como bien decía nuestro querido Machado. Precisamente él, el de “despacito y buena letra que hacer las cosas bien, importa más que hacerlas”. Tal vez nos quede alguna oportunidad por aquello que también decía el poeta: “hoy es siempre todavía”. Y en ese todavía, a lo mejor nos queda la oportunidad para no tener que llorar.

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