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Viejos Tiempos

  • Published in Sara Martinez

Explicaba Bertolt Brecht que "con la guerra aumentan las propiedades de los hacendados, aumenta la miseria de los miserables, aumentan los discursos del general y crece el silencio de los hombres".

Y será porque, de alguna manera, vivimos en esta semi guerra tecnológica entre los pasos analógicos de lo que nos queda de vida y esa virtualidad que acelera nuestra productividad. Mientras tanto, los que siguen moviendo los hilos para alcanzar poder o sillón de puesto reinventan el lenguaje que estafa compromisos o aniquila muchas ilusiones.

Nuestro poeta y dramaturgo alemán también nos añadiría a esta reflexión que las crisis se producen cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Y podríamos decir que en ese intermedio temporal debemos estar nadando. Y todo a pesar de acuñar todos los días palabras tan inmensas como renovar, cambiar, modernizar, transformar... tantos infinitivos para seguir circulando en este centro del espectáculo más lleno de postureo que de iniciativas arriesgadas para estos tiempos tan necesitados, precisamente, de afrontar.

Seguimos manteniendo formatos limitadores de iniciativas, de obtener nuevas savias a este sistema circulatorio que debería alimentar a cada una de las capas que conformamos esta sociedad. Tantos pasos hacia adelante que siempre parecen coger carrerilla para ir hacia atrás y esa sensación de que todos los que nos empujan son iguales. Mal fario para nuestro día a día que necesita de respuestas rápidas y justas, dos características que todavía lo hace más difícil y que parece que por eso mismo no se llevan a cabo.

De aquellos que querían romper con todo lo viejo, con estructuras que parecían fallidas, hemos pasado a resucitar la ancianidad del pensamiento arcaico de las limitaciones hacia lo que podemos o no podemos ser, a ese oligárquico sentido de lo correcto, despreciando cualquier alteración de las normas que algunos consideran intactas.

Entre este tira y afloja, siempre aparecen los desquiciados de las formas, con esa chulería que altivamente intenta señalar a los que piensan diferente en esta diversidad humana. Todo ello para ganar un punto de escaleta en los medios de comunicación mientras truncamos algo tan hermoso como la convivencia. Demasiados discursos del gran general, pongan ustedes el nombre que quieran, porque al fin y al cabo siempre habrá alguno que nos querrá convencer de la necesidad de la asunción acérrima de sus palabras.

Mientras tanto, en esta existencia humanamente cercana, nos seguimos quedando en ese silencio tosco del desengaño, de perder esa necesaria vinculación con lo que nos rodea, cambiando la esperanza por la apatía del simple paso del tiempo. Vuelven los juegos de trileros, enseñando la bolita para que se la metan en el bolsillo los de siempre. Y mientras nos cuentan que la crisis ya ha pasado, nos quedamos con la recesión del pensamiento social.

Unos piden listas de colectivos, otros se auto-incluyen en referentes de lo que no son y otros, la mayoría, seguimos mirando cómo da vueltas el palito sentados mientras esperamos el autobús. En algún momento necesitaremos levantar la mirada porque, entonces, será el tiempo de olvidar los silencios y exigir esperanzas. O, tal vez, podríamos empezar a dejar de defender los valores más obvios de la libertad, el respeto y la democracia, para empezar a exigir y exigirnos el avance de lo nuevo. A lo mejor, así podremos comenzar un nuevo tiempo.

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