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Siempre ha sido lo mismo

  • Published in Sara Martinez

Decía Laurence Sterne que "el respeto por nosotros mismos guía nuestra moral; el respeto por otros guía nuestras maneras".

Este irlandés, admirador de nuestro Cervantes, parece entroncar estos tiempos tan sinuosos que vivimos actualmente, y que en algunos casos reconozco que me causan enojo, con esta prole que conformamos entre todos para etiquetar el siglo en el que vivimos. Lo que ya no sé es si estamos fallando en el respeto a nosotros mismos o a los demás; tanto me tiene, llegados a este punto, una cosa u otra. Nuestros afables representantes políticos nos regalan los oídos con el machaqueo diario de esa dignidad escudada en la transparencia y la radical coherencia de lo que son. Un respeto a ellos mismos que evidencia las carencias de lo que significa hacer política.

Tal vez sea como decía Konrad Adenauer: "en política lo importante no es tener razón, sino que se la den a uno”, y de eso vamos sobradísimos de protagonistas. Todo ello aderezado con unos resultados que, una vez más, están por encima de las expectativas de unos y otros, porque ya no solo es pactar, sino aceptar lo que otros pacten. Y en esto último parece que llevamos todas las de perder.

Superado el mantra de que la ciudadanía tiene razón, el que más y el que menos ha hecho su particular lectura sin pensar la variedad de pensamientos y destrezas intelectuales que han arrimado su voluntad a la hora de votar. Como resultado tenemos, nuevamente, un zapatiesto para gobernar este país que tanto enorgullecemos con las palabras pero tanto nos decae con sus afectos. Será por ello que no llevamos muy bien lo de las maneras, porque, realmente, despreciamos el respeto a los demás.

Se nos llena la boca con las libertades para expresar o sentir, sin precisar el necesario miramiento hacia donde escupimos, demasiadas veces, nuestras interpelaciones. Y de ello nos enseñan muy bien los medios de comunicación, especulando con oratorias toscas basadas en idearios y no en reflexiones. Mientras tanto, los simples andadores de la vida, que somos nosotros, los de las habichuelas diarias, rebuscamos motivos para entender este camino de tantos embustes y pasear algo más de esperanza en este intento de seguir respetándonos a nosotros mismos.

Llevamos una semanita que no por el diminutivo conlleva algo más de inocencia. Los bloques de nuestra política nacional embisten a su estilo, entre el ultimátum y el cacareado respeto. Pero a la vez zarandean los derechos de todos, la diversidad que nos hace particularmente únicos; recopilan hasta el último detalle del contrario y, finalmente, si la cosa se pone fea, desaparecen por un tiempo. Por el otro lado, nuestros aguerridos comentarista de la política nos embellecen la situación para querer contarnos quiénes son los buenos o los malos o quiénes serán, finalmente, los culpables de todos los desastres venideros.

Tal vez, a todos ellos deberíamos recitarles algún que otro profundo verso o, como mínimo, recordarles aquellas palabras de nuestro querido Machado cuando decía que "en España, lo mejor es el pueblo. Siempre ha sido lo mismo". Y en algo debía tener razón, por los solidarios, los trabajadores, los respetuosos, los que han perdonado y perdonan, los que saben olvidar para seguir caminando... todos ellos, al final, hemos sido nosotros, los que, a pesar de todo, seguimos pensando que merecemos otras maneras que demuestren el respeto del que somos acreedores. Aún así, todo será en otra nueva semana, con sus lunes y domingos incluidos, con mejor o peor tiempo y un cielo que sigue mirando cada amanecer. Siempre ha sido lo mismo...

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