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La indiferencia del rebelde

  • Published in Sara Martinez

A pesar del primer día de legislatura, momento inaugural de proyectos de tiempo y alguna que otra sonrisa forzada, parece que todo se desarrolla con esa lentitud propia de los que esperan todavía las notas definitivas que marcarán el futuro próximo.

Un periodo entre espera y acción donde nadie tira la toalla porque, por lo que se percibe, aún hay mucho en juego. Al final, devendrá la constitución de los próximos ayuntamientos en el verdadero inicio de esa nueva etapa que para unos será incierta y para otros una guerra de guerrillas, a cual más disparatada. Considero, resumiendo, que hemos acumulado mucha testosterona propagandística, quedando ahuecados a los segundos puestos muchas situaciones que siguen envalentonando esta grieta injusta de las cosas mal hechas y perpetuas.

Llevamos más de un mes entre los altercados declarativos y el vacío de decisiones imprescindibles que regeneren estos tiempos tan tumultuosos para todos. Ni la dimisión de la mandataria inglesa tras su fracaso "brexista" nos ha conmocionado lo más mínimo. En nuestro país somos más de enredar, siempre nos ha gustado liar la lana en lugar de hacer ovillo. Expectantes nos dejan los gurús del saber jurídico con interpretaciones de una parte y de otra, abandonándonos a la ciudadanía racional en esa fragmentación irracional del pensamiento y el ladeo de cabeza para expresar esa inseguridad que provoca la falta de claridad.

Decía Albert Camus en su novela "El Extranjero", que "si el hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo". No le falta razón cuando diariamente vemos ensombrecer nuestra existencia con una gran variedad de exclavismos psicosociales que parecen emerger a pesar de tanta justicia legislada y jurisprudencias varias. Indudablemente, es difícil llegar a la equidad de las cosas, de los pensamientos, de las iniciativas... pero en ello nos van muchas de nuestras malas decisiones y su repercusión social.

Posiblemente tendremos que seguir lidiando con todas ellas, y siempre con la esperanza de que los errores sean merecedores de una bondadosa redención, aunque en ello sigamos perdiendo tiempo y parte de nuestra historia. A pesar de la recurrente frase del protagonista de Camus, el extraño Meursault, que repetía incansable "me es indiferente", y que tan empoderada parece en estos tiempos, algo de nosotros mismos tiende siempre a esa rebeldía que intenta conseguir, aunque sea acariciando, esa ansiada libertad de hacer y deshacer, de opinar o callar, de decidir o quedarse sentado mirándose los pies.

Y a pesar de estas sinrazones que parecen sobrellevarnos a cierto inmovilismo, mecanizado por los grandes motores existenciales, siempre nos quedará esa incontestable necesidad de encontrar nuestra propia autenticidad. Lo decía el jurista Ulpiano: "la justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno su derecho". Tal vez se trate de ello, de dar lo que es de derecho en lugar de quitar a conveniencia de los tiempos. Pero esos tiempos, todavía, están por llegar, y quien sabe para qué.

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