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La conductividad de Rubalcaba

  • Published in Sara Martinez

En el nicho del dramaturgo Enrique Jardiel Poncela aparece como epitafio tan singular aquello de "Si buscáis los máximos elogios, moríos".

Fantástico resumen de lo que somos en este país, aderezado en su momento con la acertada reflexión del ya ahora bien recordado Alfredo Pérez Rubalcaba cuando decía que nuestro país sabe enterrar muy bien. Tenemos esa grandeza del momento que, posiblemente, sólo pueda explicarse por ese anhelo espiritual de que nos recuerden a todos lo mejor posible; porque al fin y al cabo, ninguno de nosotros estaremos ahí para contestar a nuestras dedicatorias.

Este paréntesis en la pugna política nos deja un buen aprendizaje para estos nuevos tiempos, donde unos se descentran para volver a centrarse, otros comienzan a correr hacia puestos de salida sin estar inscritos en la carrera y otros acaban de estrenarse con el maquiavelismo de ser perdedores sin que nadie les garantice un puesto en el podio. Todo un rocambolesco desfile de nuevos argumentarios para cebar, nuevamente, la próxima cita electoral en este sin parar de democracia activa que nos compromete como sociedad.

Posiblemente, Rubalcaba merecerá siempre un buen recordatorio en esta historia nuestra que tan poco analizamos y que siempre se olvida ante la adversidad del presente. Reconectar todo lo que hemos pasado siempre ayuda a mejorar la perspectiva de cara al futuro, siempre incierto, y del que nadie nos debería prevenir catastróficamente desde posiciones clarividentemente sectarias, más que nada por aquello de que no nos cuenten, como casi nunca, la verdad. Es algo de lo que podríamos aprender de este buen profesor de química orgánica, que prefirió regresar a sus libros y probetas antes que auparse a otros menesteres que normalmente endiosan y ya poco aportan.

Tal vez por ello, nunca perdió la visión científica en la política y su estilo fue más de emulsiones que de disoluciones. Todo un arte en la mezcla que da como resultado algo nuevo y estable, aunque en la emulsión no reconozcamos los componentes primarios que nos llevaron hasta la obra final. Como bien le contaba en una entrevista al periodista Campo Vidal, perfectamente podría visionarse una tabla periódica en el hemiciclo, apostando siempre por la conductividad y solidez de los elementos.

Es el epitafio como inspiración, donde en el recuerdo siempre tendremos una buena enseñanza de la que consigamos sustraer lo mejor de aquellos que nos dejaron el buen estilo, la templanza en el ariete político y el tono equilibrado huyente del griterío. Volviendo a Poncela, decía que "todos los que no tienen nada que decir, hablan a gritos". Y reconozcamos que de eso empezamos a tener demasiado en este país. Y en ese talante nunca pudieron pillar a Rubalcaba, que por algo seguía escrupulosamente ese estilo de buen profesor.

La sociedad tiene el derecho de despedir bien a los suyos. Unos por afinidades, pero también sus detractores. Llegar a ese momento nos hace más humanos, más cercanos a nuestra realidad y facilita cicatrizar las diferencias ante los momentos importantes, los que de verdad significan un antes y un después. De alguna manera, las despedidas nos ayudan a mejorar nuestro camino y retomar un buen paso. Para el recuerdo quedarán los buenos hechos y el máximo compromiso. Para el futuro, estará la responsabilidad de quienes quedamos para seguir haciendo.

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