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El Dragón y la Princesa

  • Published in Sara Martinez

Decía la diplomática y feminista Anne Eleanor Roosevelt que "nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento".

En cierta medida, es el resumen de nuestro propio estilo de vida. Somos suficientemente fuertes para establecer nuestras demandas personales y saber proponerlas y lucharlas. Y claro, esa posición es difícil de mantener en este día a día que nos acompaña. De alguna manera, cada uno tenemos nuestra particular noria, por la que pasamos de las mejores expectativas a los llantos tan alimentados por nuestra propia debilidad.

Podríamos decir, en general, que nuestro país es también el resultado de una gigantesca noria de emociones encapsuladas en un vaivén de cadencias, o decadencias, sectoriales e ideológicas por las que algunos llegan a alcanzar su asiento fácilmente, y otros seguimos esperando en la cola mirando cómo sigue dando vueltas. A propósito del 8M, día de la mujer trabajadora, algunos quisieron estrenar asiento volátil sin darse cuenta de que la mayoría seguía con los pies en la tierra y con pocas ganas de seguir castigando sus cervicales para verlos venir.

Nuevamente ganó la calle, la que sabe de correr para llegar al metro o al autobús, la que sufre de trabajos precarios para conseguir llegar a final de mes, aquella calle que sabe de miedos nocturnos para llegar a casa o la que se siente amenazada por esta desdichada época de la posverdad. La calle siempre une esperanzas. Es lo que nos queda a quienes la acariciamos con paso prieto cada día; y esa sensación es la que hilvana la bandera más grande que es la solidaridad. Las mujeres conformamos un aliento vital que nadie nos pudo quitar nunca. Aprendimos, por puro instinto de supervivencia, a estar siempre en ese detrás de, pero con la convicción de ser. Nunca fuimos invisibles, pero no quisieron vernos. Y uno año más, con sus cifras desoladoras de violencia, asesinatos o brechas salariales por habilidades no cognitivas -¡vaya por Dios!-, el colectivo más numeroso y heterogéneo se visibilizó en su realidad.

Resulta extraño escuchar algunos posicionamientos políticos actuales. Desde aquellos que nos trasladan a las historias de la historia para convencernos de que gracias a ciertos hombres o batallitas nos liberaron de manos opresoras, hasta los que se indignan por la politización presunta, y al mismo tiempo reivindican políticamente más apellidos ilustres para aderezar su proxenetismo doméstico. Todo muy propio de este tiempo póstumo de mentiras que quieren llegar a ser verdad.

Siempre fueron las mujeres las que han intentado desmarcarse de la atalaya en la que se intentaba inmovilizar su propia vida. Siempre fuimos nosotras las que tuvimos que levantar la mano para avisar que nos tocaba andar más caminos. Y seguiremos siendo nosotras las que continuaremos luchando por nuestra propia vida y exigiendo nuestras oportunidades con la peculiaridad de nuestra propia circunstancia personal.

Llevamos siglos cuestionando esta estructura social diseñada desde una parte de la humanidad. Y los resultados, reconozcamos que han sido lentos y limitados. Tampoco nos garantizará una mejor existencia, pero posiblemente será más feliz. Porque en la igualdad encontramos dosis de respeto y libertad tan necesarios para convivir. Y que no nos engañen, porque ya lo decía la ensayista y filósofa del siglo XIX, Mary Shelley: "no deseo que las mujeres tengan más poder que los hombres, sino que tengan más poder sobre sí mismas". Dándoles una vuelta a los cuentos, es como que, por fin, la princesa luchó contra el dragón y pudo construirse su propio castillo. Lo hermoso de ese poder positivo de las mujeres ya no nace de la competencia tradicional, sino desde la sororidad cómplice entre diferentes, constituyendo la mejor alianza para vivir la vida desde lo más profundo de la libertad.

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