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Crónica para relatores

  • Published in Sara Martinez

Dentro del estudio de las habilidades negociadoras, tan de moda últimamente, se resalta que el 10% de los conflictos se deben a una diferencia de opinión y el 90% a un tono de voz equivocado.

Y he aquí que  en esta semana nos hemos topado con el paradigma de esta conclusión. Le ha sido hurtado el rostro amable a un tiempo exagerado de calificativos, y algunos han sabido reunificar tanto exabrupto en una versión más castiza del fenómeno de las proclamaciones, siempre, todas ellas, tan grandiconstitucionalistas.

Reconozcamos que es difícil no rendirse a esa evocación un pelín siniestra que se nos cuela, como una sonrisa pilla, por la comisura de los labios de nuestra querida Venezuela. Lenguaje grandilocuente sin mucho contenido pero muy efectivo en el reparto de sobrecarga pasional y sentimental. Si en una democracia representativa, como la nuestra, el núcleo de un discurso tan grueso se limita a la visión reduccionista de una teoría del caos simple y llanamente subjetiva, atiborrado de epítetos malsonantes y acusaciones graves sin procedimiento alguno, me resulta de un superávit tal de demagogia difícilmente aceptable para la sociedad a la que se representa.

Siempre he creído en la necesidad de salir a las calles para protestar, para denunciar, para desahogarse, para sentirse acompañado en un pensamiento, una idea... todo desde la hermosa perspectiva de ese dominio popular que todos deberíamos ejercitar. Como apuntaba el militar y estadista rioplatense José Gervasio Artigas, "el pueblo es soberano y él sabrá investigar las operaciones de sus representantes".

Y en esta tesitura nos encontramos. Nos acribillan con miles de opiniones sobre lo que acontece, pero olvidamos lo más importante que es el relato de los hechos. Esa crónica de certidumbre absoluta sobre el qué de las cosas y el cómo de los acontecimientos. Una de las bases de la propaganda en todas sus modalidades  es repetir los eslóganes indefinidamente en todos los canales posibles, generando que ciertas situaciones y acepciones como “ruptura”, “golpe a la democracia”, “traidor” o “ilegítimo” formen parte ya de este habitual discurso belicoso que tanto nos hará repudiar este tiempo que vivimos. Decía el poeta Bernard Baton que "la obstinación y la vehemencia en la opinión son las pruebas más seguras de la estupidez". Y si esto es así, debemos estar alcanzando los mayores niveles de esto último.

Además de advertir la necesidad de algunos por exponerse a la radicalidad en aras de obtener un prestigio de futuro ganador, también seremos capaces, digo yo, de evidenciar el hastío de una sociedad que necesita referentes de seguridad cívica y política en mayúsculas. Nuestros queridos políticos han iniciado, hace ya tiempo, un juego de troleros y trileros donde todo sirve para colocarnos sus disquisiciones monocolores, aunque sea a costa de algo tan básico como la representatividad pública. Nuestro país es capaz de muchas cosas, hasta de crear una inmensa crisis a partir de una simple palabra. En cambio, los hechos, aún a costa de rozar delitos tan graves como la corrupción o el odio, se quedan en el olvido de nuestras exigencias como representados.

Cada uno de nosotros tendrá su silla preparada para observar el gran espectáculo nacional. Tendremos la posibilidad de escuchar a politólogos, periodistas, analistas, partidarios, detractores, advenedizos, veteranos... descuartizando el lenguaje para construir un relato sometido. Y es que ya lo decía mi estimado Albert Einstein, que además de ayudarnos a entender la relatividad del universo acomodó pensamientos sobre esa otra relatividad mundana que nos rodea, cuando afirmaba que "no podemos resolver problemas usando el mismo tipo de pensamiento que usamos cuando los creamos". Y en efecto, el que más y el que menos se sigue tapando con una bandera, la que mejor le venga, dejando a la intemperie la basura y el estercolero de la gestión de todos.

Tal vez sea el momento de aplicarnos esa famosa frase de Evelyn Beatrice Hall, atribuida erróneamente al filósofo Voltaire, porque, a pesar de la centuria de aquello, la creencia en la diversidad de las ideas, anhelos, opiniones y empeños del otro, personificará el buen y necesitado relator que la democracia y la tolerancia necesita. Así que "aunque estoy en desacuerdo con lo que dices, defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo".

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