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Por los hechos los conoceréis

Decía el lingüista y politólogo Noam Chomsky, en una de sus recientes entrevistas, que "la gente se encuentra menos representada y lleva una vida precaria. Y el resultado es una mezcla de enfado y miedo".

Y en algo de esas dos actitudes tan humanas y socializadas debemos andar tejiendo nuestro funcionamiento diario, que a pesar del cambio de dígito parece perdurar en este nuevo año.

Es probable que todos, absolutamente todos, tengamos motivos de enfado más que de sobra; e indefectiblemente, aflorarán muchos más. Es la causa siempre de interpelaciones excesivas hacia nuestra sociedad, y nuestros representantes políticos lo saben y lo explotan. En cuanto al miedo, pensemos que nuestra sociedad patria lleva en su piel bien grabado ese antídoto contra todo, basado siempre en el temor a lo que pueda pasar. Demasiados años bajo el silencio de lo que dicen que fuimos y consentimos a propósito de nuestra propia historia de reconquistas.

Pocas cosas buenas nos ha dejado este primer semanario de 2019. Seguimos a vueltas con las negociaciones en Andalucía y ahondamos en privilegiar ciertos posicionamientos que simplemente juegan al despiste. Ya decía Chomsky que "la gente ya no cree en los hechos". Y por ahí debe ir esta nueva corriente social que aprieta los dientes contra lo que no nos gusta y se tapa los ojos ante cualquier evidencia. Dónde queda aquella interpelación bíblica de que por sus hechos los conoceréis.

Buen caldo de cultivo de las fake news o desinformaciones perniciosas e ideologizadas que nos llevan a un rápido descrédito de nosotros mismos. Si la libertad hay que vivirla sin complejos, así lo contaba un slogan publicitario de hace un par de décadas, la formación de cara a esa vivencia enriquecedora libre nos está haciendo aguas por cientos de boquetes.

Empezar a normalizar que tenemos en vigor leyes y partidos anticonstitucionales es dejarnos engañar y desviarnos de los datos y los hechos reales que conforman nuestra democracia, que parece estar pasando su primera crisis de edad y empieza a tener síntomas de esa madurez abrupta que tanto envejece. Tener el semillero diario de los enemigos de la patria como el causante de todas nuestras desdichas significa, una vez más, fijar el culpable en nosotros mismos para que un nuevo salvapatrias nos arregle el chiringuito.

Reutilizar ese estúpido enfrentamiento entre hombres y mujeres será una muestra más de nuestra falta de criterio con lo que hemos vivido y por lo que hemos apostado. Sí, ya no creemos en los hechos, terrible ocaso para el periodismo, por cierto, pero debajo de ello se encuentra algo mucho más peligroso que es la falta de confianza en nuestras propias instituciones. Desgraciadamente, ese es el mensaje último, terminal. Y en él podemos encontrar, nuevamente, el final de muchos ciclos históricos que lo único que trajeron fue fanatismo polarizado de bandos.

Para justificar siempre hay bravos ideológos que alegremente disculpan hasta los fusilamientos con la hilarante excusa de haberlo hecho con amor, no con odio. Vaya usted a saber el amor que recibieron los caídos de sus verdugos, que igual, a día de hoy, se lo siguen agradeciendo en amoroso, espiritual y recíproco reconocimiento.

O que se siga apuntalando nuestra historia actual entre interpretaciones casi del medievo para sacudir del subconsciente colectivo nuestros propios errores, transfigurándolos en aciertos, de dudosa calidad, como base para poder justificar y repetir las mismas nefastas banderas en pleno siglo XXI.

Lo más importante es que la sociedad ya no es la misma. Hay cosas que ya no volverán atrás a pesar de soflamas auspiciadas por cualquiera de nuestros tradicionales poderes sociales. Cada uno de nosotros lleva los arreos de su propia leyenda, más cercana a su origen familiar que terrenal. Volvemos a buscar espacios perdidos en los nuevos tiempos sin percatarnos que el tiempo siempre necesita de nuevos espacios. Lo demás es pretérito, y como tal, ajado en el pasado.

Ante tanto desconcierto, tal vez tendríamos que emular a nuestros queridos Reyes Magos de Oriente que, tras realizar la tarea encomendada, empredieron el regreso a sus orígenes alejándose del mentiroso Herodes a pesar de su majestuosa y sibilina bienvenida. A lo mejor, la mágia de estos magos estaba en que sabían a donde tenían que ir, y por eso, siempre pudieron regresar. Tal vez en ese buen caminar hacia objetivos claros tengamos nuestra propia oportunidad.

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