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Grotesca periodística

El reconocido escritor Mario Vargas LLosa explicaba en la presentación de su libro "Piedra de Toque", que "no hay mejor manera de medir el grado de libertad de un país que consultando su prensa".

Y es una estupenda providencia de acuerdo a los tiempos que vivimos. Pero una vez más, también tenemos que reconocer que la diversidad no se mantiene desde la cantidad, porque no significa necesariamente calidad. Tampoco es necesario entonar ese mea culpa todos los días a nivel nacional, porque valemos para algo más que fustigarnos diariamente con cualquier comparativa externa; ni seremos los mejores, aunque tampoco eso signifique caer a lo más profundo de los infiernos.

Durante esta hebdómada de diciembre, a nuestro cuarto poder también le ha tocado lidiar con el espectáculo judicial, ese espectáculo que, desgraciadamente, se está poniendo disparatadamente de actualidad. El no respetar uno de los derechos inviolables, como es el secreto profesional, conlleva a un despropósito carente de constitucionalidad democrática y libertades protegidas.

Nuestro país, esta patria que es de todos y nos pertenece con todos sus colores, va renqueante en los últimos tiempos por falta de principios irrenunciables que zarandean conciencias sociales e intensifican respuestas individuales. Nos quejamos de esa sensación inflamada de los populismos sin percatarnos que utilizamos lo cotidiano para popularizar lo más grotesco de los comportamientos humanos. Y digo grotesco desde ese concepto del dramaturgo italiano Luigi Pirandello, con su estilo teatral, para reflejar una realidad entre cómica y trágica. Y entre bambalinas parece que seguimos el juego bipolar de nuestra existencia. Jugamos al chismorreo alargado de lo que hacemos para voltear la mirada ante tantas tragedias que nos delatan.

El periodismo asume esa pesada mochila que garantiza la veracidad de los hechos para desgranar sus resultados en todas las opiniones posibles. En estos tiempos benditos de nuestro presente, tendemos, por vagancia o incapacidad, a referenciar primero las opiniones y dejar arrinconados los datos que definirían con más certeza las bases de nuestro propio posicionamiento.

Ese viejo dicho de “que nunca la realidad te estropee una buena historia, porque lo demás es literatura", ha conseguido con su errónea interpretación que justifiquemos hasta el engaño para defender posiciones inamovibles e interesadas de la realidad. Demasiada creatividad y poca defensa de lo que somos, testigos de lo que contamos y solvencia de quienes nos cuentan.

A pesar de todo ello, esta profesión que depende inexorablemente de la sociedad, seguirá sacando la cabeza de los légamos que distorsionan cínicamente el objetivo de la información; porque, al fin y al cabo, seguimos localizados en el primer escalón social pese a corretear, de vez en cuando, entre las escaleras de esas hipnóticas altas clases de los poderes. Esa doble cara de la moneda donde lo cómico y lo trágico puede variar de bando.

Tal vez, la reflexión que deberíamos hacer ya nos la alumbró Eduardo Galeano, "somos lo que hacemos, sobre todo lo que hacemos, para cambiar lo que somos". Y desde luego, algo tendrá que cambiar para seguir siendo lo que debemos ser y no caer en esta grotesca desesperanza.

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