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El Leviatán dormido

  • Published in Sara Martinez

A pesar de nuestro intento de recordar de dónde venimos, más que nada por aquello de saber a dónde vamos, reconozcamos que seguimos pasando de largo sobre ese miedo político que siempre acecha en la esquina de nuestra propia historia.

Ya lo remarcaba la filósofa alemana Hannah Arendt, apátrida por designios de la chaladura humana en la Alemania nazi, cuando en su teoría sobre los totalitarismos comentaba que "los movimientos totalitarios usan y abusan de las libertades democráticas con el fin de abolirlas".

Nos llenan el discurso colectivo de transparencia, división de poderes, igualdad de oportunidades, el parlamentarismo activo, para luego emponzoñarnos con corruptelas en cascada, anulación arbitraria de sentencias, desigualdades sociales y la quebrantable democracia participativa. Vivimos tiempos inciertos donde reunificamos en discordia muchas cosas que empiezan a ser preocupantes.

A propósito de hacerse público un intento de magnicidio hacia el presidente del gobierno, hemos podido comprobar, nuevamente, que posicionamos nuestra respuesta a partir de lo que mejor nos conviene ideológicamente. Y es demasiado pobre comprobar también, una vez más, que a pesar de los datos del CIS apuntando a una inmesa mayoría preocupada por la actual crispación, continúe la reiterada manipulación de lo cotidiano para seguir haciendo portadas de prensa de lo más erráticas. Es desazonadamente comprensible, porque hay medios de comunicación que nadan en esos fangos para seguir vivos.

Sostenía Hannah Arendt, filósofa por definición que no por convicción, que "las masas habían llegado al punto en el que al mismo tiempo creían que todo era posible y que nada era verdad". Y me recuerda a estos tiempos que vivimos donde todo circunda cuestionando a la clase política, llevándonos a ese aforismo tan manido en el que promulgamos que todos son iguales. Nos ayudaron los medios de comunicación, sin percatarse que al final seríamos nosotros los juzgados perdiendo el crédito democrático de fareros de la verdad. Y empieza el derrumbe de esa fe ciega en la justicia objetiva y equitativa para todos.

Nuestra limitada temporalidad en este mundo debería objetarnos, como seres racionales, que nuestro ciclo social tendría que ser especialmente productivo. Una década es suficiente para desordenar toda una sociedad, y sería triste que reaccionáramos sólo cuando, como decía Berthol Brech, vinieran a por nosotros, porque entonces ya no quedará nadie.

Parece que el Leviatán de nuestra organización colectiva ha desaparecido, y en cambio, seguimos absortos en esos miedos que siempre nos han rodeado para entender nuestra característica pasividad, como si intuyéramos, con perniciosa resignación, que tan sólo está hibernando en paradero desconocido. Cada tiempo histórico tiene ese aquel de diferente a otros. Y sería estupendo que empezáramos a encontrar posiciones para reconducir nuestra colectividad secular. Ya lo predecía Arendt: "el gran aislamiento es acercarse a aquellos que piensa igual que tú". Lo terrible es que gracias a tanta misantropía siempre hemos protagonizado las grandes mentiras. Tal vez sea el tiempo para entender más y temer menos.

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