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Disonancias

  • Published in Sara Martinez

Los biógrafos de Sócrates recuperaron una cita hermosa que decía: “el mal uso del lenguaje induce el mal en el alma”.

Y no creo que se refiriera a cuestiones ortográficas o gramaticales como tal. Intuyo que sabiendo cómo terminó sus días nuestro filósofo griego, tenía su referente en el buen uso vehicular que puede o no promover un arma tan excepcional como nuestro lenguaje propio. Nuestra capacidad comunicativa alienta la creatividad y la redundancia para exponer ideas básicas y simples de nombrar. Pero nos gusta la retórica y el embelesamiento sonoro de la charlatanería. Porque en estos tiempos donde la lectura de creación queda para una minoría, el uso del lenguaje sigue estando en manos de la política o del dinero.

Sobrecoge escuchar los calificativos gruesos de estos últimos días, protagonizando el rifirrafe diario de nuestros representantes y haciendo de ello el principal argumento del debate político. Algo estamos haciendo a favor del retroceso en nuestras libertades cuando inducimos con nuestro hablar al abaratamiento de nuestra condición. Retorcer significados para el queda bien habitual, reforzando ese obstinamiento entre buenos y malos que tanto desgaste democrático produce.

Como recuerda el psicólogo social norteamericano Leon Festinger en su Teoría de la Disonancia Cognoscitiva, somos capaces de atravesar desiertos para seguir pensando lo que nosotros creemos. Y en esa solución tan pobre nos encontramos. Nos dará igual casi todo para superar ese malestar cuando recibimos información que contradice nuestras creencias previas.

Esto me recuerda que a pesar de tantas evidencias sobre nuestra maltrecha política cotidiana, seguimos usurpando a la lógica el rechazo hacia lo negativo de nuestra historia. Somos avezados en hablar de ocupas y olvidarnos de las motivaciones que llevaron a esa mal llamada ocupación. Somos talibanes constitucionalistas para seguir hablando de sediciones y rebeliones a pesar de desconocer otros cientos de articulados que contravenimos todos los días en nuestra cotidiana existencia.

Aprovechamos palabras tan gruesas para fortalecer nuestra sufrida disonancia cognitiva que nos lleva a seguir entorpeciendo nuestra memoria sobre lo que verdaderamente nos preocupa en este vivir diario.

El hermoso arte del lenguaje humano que tantas palabras ha surtido para florecer el alma de nuestra esencia, empieza a delirar demasiado en cuestiones que sirven para propagar engañosamente postulados políticos o económicos.

Ya lo decía nuestra querida filósofa andaluza María Zambrano, “la palabra de la poesía temblará siempre sobre el silencio...” Y reconozcamos que entre excesivos ruidos andamos en esta pobre actualidad. Me quedo con las palabras de nuestro prolífico Mario Benedetti: “De eso se trata, de coincidir con gente que te haga ver cosas que tú no ves. Que te enseñen a ver con otros ojos”. Y de eso se ha convenido siempre. En coincidir en el lugar y aprovechar las diferencias para crear algo nuevo. El peligro de no hacerlo es que al final nuestras disonancias grupales solo sabrán de silencios y servidumbres tranquilas. Y de todo esto, ya tenemos en exceso.

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